Néstor Kirchner

El marido de Cristina

Hay días en la historia que uno jamás podrá olvidar qué estaba haciendo. Los días en los que nos llega una noticia inesperada, los días que hacen historia.

Por Sabrina Haboba - Especial para La Hilacha

Siempre me pregunté qué estarían haciendo los hombres y mujeres en las fechas importantes. Mi papá me contó que a él, cuando murió Perón, la noticia lo agarró juntando naranjas en un kibbutz de Israel. Siempre me pregunté qué estaría haciendo yo en momentos como ese.

La cama de mi departamento de Carlos Calvo en San Telmo era pequeña. Ni siquiera plaza y media. Una plaza donde yo entraba perfecta pero que cuando dormía con Martín se convertía en verdadera arena de disputa. La ternura se olvidaba a la madrugada y el diminuto espacio se convertía en una batalla de brazos, patadas, ronquidos y babas. Un tire y afloje por esa colcha infantil con dibujo de abejas que me habían regalado ya un poco usada.

La  cama estaba apoyada junto a la pared que tenía una ventana que daba al pulmón interno. Llamarlo pulmón quizá era pretencioso para ese edificio de quince pisos con departamentos que llegaban hasta la letra V. El mío era el 3° T. “T de toro”, les decía a los deliverys que creían haber escuchado mal. “La pajarera”, le decíamos a ese hacinamiento que también se padecía, porque desde mi ventana no había más de un metro y medio de distancia, de vacío, hasta el otro departamento, que debería ser el S o el M.

De ese departamento llegaban siempre los gritos de una madre desesperada y los llantos de sus niños, y más de una vez dudamos en hacer la denuncia a la policía; el eterno debate sobre si es mejor el remedio o la enfermedad. Y el silencio que llegaba después y parecía aliviarlo todo.

Hay un concepto que acuñé una vez veraneando con amigas en Uruguay, cuando me pasaba horas y horas durmiendo la siesta en la playa. Les dije que estaba en una “esfera somnolienta”: un estado en el que se mezclaba el sueño con la realidad como si yo estuviera en una burbuja de la que no podía ni quería salir.

La mañana del 27 de octubre de 2010 me encontraba en mi cama de Carlos Calvo, en mi estado de esfera somnolienta con Martín pegoteado a mí. Era día feriado, día de asueto porque se realizaba el censo nacional, y por eso no hubo despertador que nos levantase apurados. Pero en mi estado se filtró la voz de la vecina del departamento S o M que hablaba con su pareja. “Che, se murió Néstor”. “¿Quién?”. “Néstor, el marido de Cristina”. Por un segundo, mi esfera casi se traga esas palabras, para que mi poder somnoliento las amasase hasta volverlas surreales. No pude. La noticia era demasiado punzante para dejarla entrar así en ese mundo ficticio. Néstor, Cristina… la cotidianeidad con la que mi vecina se refería a esos nombres me hacía dudar. Quizás su tía se llamaba Cristina, quizás Néstor era el amigo ese que caía siempre de madrugada cuando empezaba la joda.

Pero no resistí. Sacudí fuerte a Martín mientras le gritaba a Mari, mi concubina: “Mari, ¡se murió Kirchner!… parece”. En cuatro segundos tenía Crónica en la tele, a Mari al lado mío y a Martín preguntando qué pasó desde la cama.

Pasó que se murió Néstor Kirchner. Pasó que la vecina lo contó así, como si fuera un chusmerío que trajo de la verdulería. “Se murió Néstor, el marido de Cristina”. Y yo ahí, frente a Crónica TV, sin ser kirchnerista pero ahí, agarrando el celular para avisar, para despertar a los otros, para que tratemos de entender lo que pasaba, lo que iba a pasar, lo que después sabría, las lágrimas que se me cayeron en la Plaza, el desconcierto de todos, las ganas de querer ser kirchnerista ese día, y al otro, y al otro.

Como si fuera una aguja, la voz de la vecina perforó mi esfera somnolienta. Y le inyectó una dosis de realidad más grande que la que soporta cualquier burbuja, cualquier letargo. El mío y el de muchos otros, que ese día también despertaron.

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