Garrido de perfil

Un cuento de Orlando Martyn

El gordo Epstein odia bañarse, pero igual abre el agua: un chorrito flojo, hay que llamar al plomero, pero estas cañerías no dan más...

Esta noche tengo un quince, esta noche tengo un quince, repite bajo el hilo helado.

No tiene camisas limpias, así que elige la negra, que tiene su olor permanente a roña, y también el de las empanadas de ese casamiento que adeuda. El gordo Ismael Epstein saca fotos sociales que después no entrega, y los clientes lo persiguen para recuperar la memorable bendición sacerdotal.

Esta noche tengo un quince, esta noche tengo un quince. El gordo Epstein es barato, por eso tiene clientes. Le alcanza para comer, comprar los rollos y pagar una parte de lo que debe al laboratorio. Cobra poco, pide la mitad por anticipado, compite con los colegas que usan cámaras digitales, se ríe de ellos, pobres pelotudos, mientras desenfunda la Olympus que era del viejo, percudida por décadas de manoseo con la grasa de canapés, pollo reseco y rusa, masitas de crema pastelera...

Un quince, cómo será la changuita, la madre asusta de fiera: vino a contratar el servicio en el estudio que Epstein tiene en pleno centro, herencia del padre que fue el mejor fotógrafo del condado –je, el condado, así decía el viejo– y en la planta alta doña Ester de Epstein agoniza de Alzheimer y Epstein, el heredero, duerme envuelto en la penumbra hedionda.

La mujer, digo, vino a contratar el servicio del quince al estudio, donde solo queda una vidriera vacía con las letras verdes que resistieron al tiempo:  PSTE FOTO RAF A DE CAL AD. Adentro, un armario metálico y un escritorio, y un afiche de Agfa de los sesenta. Se sienta como una dama –flaca y fea la mujer–, abre un cuaderno y lo sacude:

–Me han dicho que usted es un gran fotógrafo, pero algo informal. –Todo como un estampido.

–Pero señora, ¿de dónde sacó eso? –Epstein sabe ofenderse como pocos.

–Soy un profesional íntegro –empieza. No se escucha, porque no se creería. Habla de su padre, del tío Tito, el patriarca que hoy habita una sala de terapia intensiva, de la raza de fotógrafos que sucumbirá con él, Ismael Gerardo Epstein, porque es el último gran chasirete de la familia. Y de este condado, debe haber dicho. Pero como no se escucha...

–Dios no me concedió la gracia de tener hijos, señora, y ya he cumplido 60 años. Conmigo termina una dinastía.

–Mire, lo único que me importa es que saque buenas fotos. Usted le sacó una a Huguito Garrido y nunca la entregó. Pero la familia dice que era una gran foto. Por recomendación de ellos estoy aquí.

¿Garrido? Epstein no conoce a ningún Garrido.

Pero mueve rápido la cabeza, dice que sí, que esa fiesta fue espléndida pero es otro precio, porque dispuso flashes esclavos que garantizaran iluminación compensada, además de un asistente que lo secundaba con una segunda cámara, todo equipo de última generación.

La mujer agria lo mira sin mover los ojos. ¿Cuántos años tendrá? ¿Más que yo? ¿Con una hija de quince? Lo mira de tal modo que Epstein, para no temblar, clava sus propios ojos, casi blancos de tan grises, en una llave de luz que está atrás del pelo rojizo de la mujer. Enfoca ahí y se acomoda en su relato sobre la dignidad de la dinastía Epstein.

Finalmente la mujer hace una mueca, cierra el cuaderno, saca la plata de la cartera y se va. Al lado de los billetes queda un papelito con la dirección y la hora: a las 9 de la noche, dentro de cuatro días. Con esos billetes el gordo va a la farmacia de la esquina a saldar algo de la cuenta por los remedios de doña Ester. Dos cuadras más allá compra dos rollos y un juego de pilas para su único flash y, de vuelta, 200 gramos de cocido, un tomate y medio kilo de francés para el banquete de la semana.

El gordo Ismael Gerardo Epstein nunca poseyó una mujer. Tampoco un hombre, hay que aclararlo. Jamás tuvo un amigo, de esos para jugar al billar, ir al cine, contarse confidencias entre los vómitos de la borrachera. Cuando los muchachos de su edad apretaban a las chicas en la pista de Tiffany o Petroushka los sábados a la noche, el gordo iba corriendo de boda en boda, de quince en quince, de bautizo en bautizo, acarreando el bolso inflado de su padre o del tío Tito, el patriarca comatoso, cargando un rollo fresco mientras jadeaba tras los pasos de algún Epstein adulto.

Mientras los muchachos de su edad gritaban la vida por Perón, el gordo Epstein entraba a la Jefatura de Policía con el padre o el tío Tito, gente de suma confianza de los jefes. Entraban al edificio de Junín y avenida Sarmiento para fotografiar a los presos que quedaban a disposición del Poder Ejecutivo, y a veces el padre se quedaba un rato: se reía a carcajadas escuchando las zonceras que declaraban bocas sin dientes, pómulos machacados, ojos sin ojos, manos atadas, tetas moradas de tanta máquina.

El hijo o el sobrino de Epstein, el gordo ese medio pelotudo, siempre con olor a mierda porque no le gusta bañarse, se quedaba en un pasillo con ventanas, y miraba desde el cuarto piso: allá el Arzobispado, a la derecha el Policlínico Ferroviario, los lapachos tucumanos... Nada más, un cuarto piso es módico si los árboles son tan altos. Tampoco, digo yo, podía imaginar la avenida, porque le habían enseñado a mirar solo lo que se debe ver.

Termina de bañarse con el hilo de agua helada, se pone la camisa negra, el pantalón gris. El papelito del quince está en la mesa del estudio: Junín al 800 esquina avenida Sarmiento, queda cerca, hay tiempo. Baja la escalera, abre la cámara, pone el rollo casi sin mirar, instala las pilas en el flash.

El teléfono.

El gordo nunca atiende el teléfono. Lo mantiene por si acaso: llamar una ambulancia para doña Ester, o a la funeraria, Dios no quiera. Pero nunca lo atiende, porque siempre será un cliente que reclama las fotos del instante único, inolvidable, del bautizo del niño que ya va por cuarto grado. O el de la farmacia, para exigir el pago de la deuda. Al fin se agotan y no llaman más.

El teléfono también se agota. Silencio. El gordo reanuda la carga del flash. Ni lo prueba, porque aprendió a usarlo con su padre y el tío Tito, miles de veces repitió la operación con los ojos blancos cerrados.

El teléfono.

Otra vez el teléfono. Quizá sea su prima para anunciarle que ha muerto el tío Tito. No, debe ser otro pelotudo que pide que le entregue fotos. No le doy bola. Pero ¿habrá muerto el tío Tito? El tío Tito era rápido, ejecutivo, serio: usted se sienta allá, junto a la novia. Ismael, poné la luz más a la derecha. Que el padrino sonría, por favor, señor, sonría que no está en un velorio. Clic.

El tío Tito, cuando entraba a la Jefatura, ejercía autoridad.

–Dónde está el comisario Albornoz, carajo, me llamó para esta hora y mi tiempo vale mucho. Los miliquitos le abrían la puerta y pasaban ambos, tío y sobrino tan gordos ambos, por la puerta angosta de la sala de declaraciones. Otra vez las pieles quemadas, el jadeo por la asfixia, las mujeres sobre un colchón con las piernas aún abiertas por un cabo que se cerraba la bragueta.

A Ismael no le llamaban la atención. Estaba atento a las órdenes del tío Tito: sentame a ese cerca de la ventana, Ismael dame el flash, echale agua a la puta esa, dale, pajero, que nos tenemos que ir. Nunca se distraía con lo que declaraban. Pero cuando el patriarca se sentaba a hablar con el comisario Albornoz en su oficina, el sobrino estaba de más. Se quedaba en el pasillo con el bolso y las cámaras, mirando la cúpula del Arzobispado a través de una de las ventanas, siempre la tercera ventana.

El teléfono.

¿Habrá muerto el tío Tito? Se le va la mano al aparato.

–Epstein, fotografía de calidad. –Así le enseñó el viejo a vender la mercadería.

–Hola, Ismael, soy Hugo Garrido. Perdone que lo joda a esta hora. ¿Tiene un minuto?

–¿Quién? –El gordo jadea, lo distrae el hedor de la camisa negra.

–Hugo, su cliente...

No tengo ningún cliente Hugo Garrido, debo cortar e irme, tengo un quince, tengo un quince, no existe ningún Garrido.

–¿Me escucha, Ismael?

–Sí, sí...

–Bueno, Ismael. Lo llamaba para pedirle la foto, mi hermana la necesita para presentarla en el juzgado. Claro que es un perfil, pero muy oportuno. Y no lo molestaría a esta hora si no fuera realmente una cuestión de apuro.

–Ah, esa foto... –Metido en una caja sin luz, Epstein hurga en las más recónditas piruetas de su memoria. Garrido, Garrido de perfil, yo nunca saqué esa foto.

–La necesito urgente, Ismael... –La voz es suave, amable.

¿Quién carajo es este Garrido? No conozco a este hombre, jamás le saqué fotos a esa voz. Esa voz... No, imposible.

–¡Pero andate a la mierda, hijo de puta!

–Ismael, espere...

Epstein cuelga, casi arroja el teléfono. Tiembla, el olor de la camisa ya es insoportable. En la planta alta, cree escuchar, doña Ester grita en el delirio. Sube a los trancos y abre la puerta del dormitorio de la madre. Hace semanas que no hay luz, se quemó el foco, pero escucha el suave ronquido. Le toca el brazo y ella gime: Pedro, Pedro...

Baja otra vez.

Tiene que salir rápido, se hace tarde. Levanta el bolso y el papelito: Junín al 800 esquina avenida Sarmiento. En ese momento, digo, aunque no estoy seguro de que sea en ese momento, porque quizá lo hizo mientras la mujer flaca y fea le clavaba la vista, empieza a recordar.

Está en el cuarto piso de la Jefatura, esperando el fin de la charla insondable entre el tío Tito y el comisario Albornoz. Mira la cúpula del Arzobispado a través de la ventana, los balcones del Policlínico Ferroviario, los lapachos inmensos.

A su espalda pasan órdenes, tacos, empujones. Ismael no se distrae, sujeta las correas del bolso y de la Olympus, achata la panza contra la pared para que pasen. Alguien lo golpea en la espalda con una culata pero Ismael se concentra en la cruz del edificio de enfrente, donde seguramente estará rezando el arzobispo.

Pega la frente contra el vidrio pero el rugido lo vence. Quiere cerrar las orejas pero no le queda más remedio que escuchar.

–Poné la frente contra la pared, vos. Las manos atrás, piernas separadas. Ya los atendemos, pedazos de mierda...

Epstein no mira. No porque no deba, sino porque no le importa. Oye que los hombres con tacos y culatas entran a la oficina donde deliberan el tío Tito y el comisario Albornoz. Fija sus ojos blancos en la cruz del arzobispo.

–Señor, señor –gime la voz de Hugo Garrido.

El gordo Epstein golpea el vidrio con la frente, sobresaltado, pero ahí nomás busca concentrarse. Piensa en su madre, pero no logra armar el retrato: desenfoca, los ojos de doña Ester siempre quedan fuera de foco.

–Señor, por favor...

Gira unos grados la cabeza. Ve, muy borrosos por la posición, a tres hombres. Están en la pared opuesta a su ventana, apoyadas las frentes contra la pared, con las manos en la espalda. Es casi el mediodía, el sol entra a chorros, es un lindo mediodía de abril. Ve a los tres hombres de perfil, el más cercano a dos metros. No intenta distinguir los rostros.

–Señor –gime Hugo Garrido.

Tengo que irme y el tío Tito no sale, carajo, tenemos un quince. Pero mirá el reloj, cómo un quince a esta hora. Un civil entonces, un civil. Pero Ismael, no podés ser tan pajero, el Registro Civil ya cerró. El tío Tito siempre le dice pajero.

Una puerta chirría, un hombre sale de la oficina del comisario Albornoz y se dirige al pasillo. Esta vez Ismael mira: ve los bigotes, el pelo engominado, los ojos oscuros. Pero alguien lo llama, y el tipo vuelve a entrar.

–Señor, se lo ruego...

Sin mirar ni una sola vez a Hugo Carlos Garrido, Ismael Epstein libera la correa del bolso, que cae suavemente sobre las baldosas. Con la cabeza aún apoyada en el vidrio de la ventana quita la tapa del lente, lo regula cuidadosamente a dos metros. Mueve el diafragma a 5.6, y calcula que con la suave luz del mediodía otoñal puede usar una velocidad de 1/125.

Gira el cuerpo gordo y hediondo, cierra con fuerza los ojos blancos, pone la cámara a la altura de la panza y dispara.

Clic.

Garrido de perfil

Una sola vez. Un solo clic que le parece un tiro, un estruendo, la caída de un meteorito.

Vuelve a su posición contra la ventana, tapa el lente, gira la manivela del rollo, y se queda quieto, jadeando, siempre con los ojos cerrados. Se inclina y recoge el bolso. Todo es normal, tranquilo, como siempre.

–Gracias. Me llamo Garrido, Hugo Garrido, no se olvide...

Luego sale el hombre de los bigotes, se escuchan gritos y órdenes, se llevan a los tres muchachos, pero Ismael ya está de nuevo concentrado en la cruz. El tío Tito tiene que sacudirle el hombro para que se mueva.

El gordo Epstein mira una vez más el papel con la dirección: Junín al 800 esquina avenida Sarmiento.

En el armario de metal están los negativos de la dinastía, incluso aquel que, tras revelar, quedó con un fotograma cortado para que el padre y el tío Tito nunca supieran de la imagen que tomó con los ojos cerrados.

Pesado, se pone de pie y abre la puerta del armario. En alguna parte, digo yo, debe haber un pequeño sobre de papel madera.

 

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