Arribeños

Arribeños, un documental, una cultura

El documental Arribeños de Marcos Rodríguez se sumerge en el Barrio Chino de Buenos Aires para indagar en la compleja trama de identidades que ahí conviven.

Arribeños dialoga con los adultos que llegaron desde Taiwán en los ochenta, con los niños que hoy aprenden el chino como segunda lengua, pasando por las historias de desarraigo y sueños de superación detrás de cada familia y de cada comercio.

Este film, el segundo de Rodríguez, formó parte de la competencia argentina de la 17a edición de Bafici, y que recibió el apoyo del INCAA y del Fondo de Mecenazgo Cultural de la ciudad de Buenos Aires.

Sábados atrás se acercó Marcos Rodríguez a los estudios de FM La Tribu para participar del programa “Cosas de botica” y realizar un recorrido por la trama de Arribeños.

¿Con qué se encuentra el público al ver tu película?

Marcos Rodríguez: Arribeños es un documental sobre la historia del Barrio Chino de la ciudad de Buenos Aires y la inmigración taiwanesa de la Argentina. Estos inmigrantes llegaron a nuestro país hace más o menos unos cincuenta años y comenzaron a formar su propia comunidad. La idea en el documental es mostrar cómo ha sido este lugar antes y cómo es ahora. Estuvimos filmando en el lugar y las imágenes que estuvimos trabajando son básicamente del Barrio Chino y corresponden a distintos momentos. Queremos mostrar lo que hay detrás de este lugar que es muy visitado, muchos vamos a comprar cosas y comida; es un lugar muy conocido, muy transitado, muy lindo para ir pero que esconde una historia mucho más rica que lo que uno se encuentra cuando vas a visitarlo de paso.

Es un pedazo de su cultura que les permitía rememorar su patria en ese espacio.

¿Por qué indagar la llegada de la comunidad taiwanesa a nuestro país y su asentamiento en el Barrio Chino?

MR: En principio tiene que ver con varias cuestiones. Por un lado, conocía el Barrio Chino como mucha gente que va a comprar comida, pasea por ahí o va para los festejos del Año Nuevo que son en febrero. Por otro lado, me gusta el cine oriental sobre todo el taiwanés; lo que se llama la “nueva ola taiwanesa”, una forma de filmar que me resulta muy seductora, atractiva y bella. Había algo de estar y reconocer ese espacio que me hizo recordar el trabajo cinematográfico oriental.

Era todo muy misterioso y me interesaba saber cómo funcionaba eso en un rincón de la ciudad. Un cruce de cuatro calles donde de pronto se respira un aire que recuerda a un país que está del otro lado del mundo y una cultura que no tiene nada que ver con la nuestra. Me parecía que en esta superposición de cosas había algo para explorar con la cámara, para conocer la historia de esta gente. La idea era contar la historia no de forma informativa sino transmitiendo otras sensaciones, una experiencia. Conocía algo de la inmigración taiwanesa y eso me llevó a pensar que había algo atrás muy interesante; gente que llegó a Buenos Aires, en general con toda la familia, sin hablar una palabra en español, a una cultura muy diferente y en muchos casos sin saber a dónde estaban yendo. Por eso la idea es mostrar un poco la historia de esa gente que lleva tanto tiempo en Buenos Aires y con la cual convivimos.

¿Cuáles fueron los motivos de esa inmigración?

MR: Hubo muchos motivos. En la película no exploro mucho sobre este aspecto sino solo para darle una forma, ya que son tantos los temas que es imposible integrarlos todos, por lo cual tuve que elegir qué contar. Los taiwaneses vinieron al país entre fines de los setenta y principios de los ochenta en medio de un conflicto entre Taiwán y China continental. Era un momento muy complicado para Taiwán ya que el reconocimiento internacional de China hizo que Taiwán quedara un tanto aislado de todo y con una crisis económica muy profunda. La mayoría de sus habitantes temían una posible invasión de China, porque en su historia han sufrido mucho este tipo de acciones. Ante potenciales problemas políticos y económicos se produce una gran oleada migratoria hacia distintos destinos; algunos llegaron a Buenos Aires casi de forma azarosa. Después del año 2000 comenzaron a llegar inmigrantes de China continental.

La diferencia con lo que pasa con los barrios chinos de otros países del mundo es que la comunidad en Capital Federal no vive en ese lugar, se dispersó en diferentes partes de la ciudad y del país sin llegar a concentrarse en un mismo espacio físico, por lo que hubo una necesidad de reunirse en algún punto. Ante esto surge la Sociedad Civil de Taiwaneses en Argentina, que empezó a funcionar en la calle Arribeños donde se organizan actividades sobre todo culturales. En el local se comenzaron a realizar celebraciones, a la vuelta se creó un templo budista y en la otra cuadra uno evangelista. La zona se convirtió en un lugar de cruce donde las personas se reunían y generaban un comercio, sobre todo los fines de semana, con productos afines a los intereses de la comunidad y de la cultura taiwanesa. Es un pedazo de su cultura que les permitía rememorar su patria en ese espacio.

La idea era contar la historia no de forma informativa sino transmitiendo otras sensaciones, una experiencia.

¿Cómo fue para vos acercarte a esa comunidad y construir ese vínculo?

MR: La idea en principio fue ir a tocar puertas y ver cuál era la reacción de la gente, para saber si querían contar su historia o no. Si no nos hubiesen abierto sus puertas no habría película. Tenía dudas de cómo iban a reaccionar y el prejuicio de que la comunidad era muy cerrada, pero no fue eso lo que encontré. Sí había ciertas cuestiones que había que sobrepasar, que tiene que ver con razones culturales. Uno tiene la costumbre de “mandarse con la cámara” y ver qué pasa, pero la comunidad taiwanesa se maneja de otra forma. Cada vez que nos acercamos a la gente pedíamos permiso y le contábamos de qué se trataba el proyecto. Primero nos acercamos a las personas que estaban en la Asociación del Barrio Chino que en su momento estaban organizando los festejos del Año Nuevo y los otros festejos que eran abiertos a la comunidad. Estos eran inmigrantes taiwaneses pero de la segunda generación, que crecieron acá y querían dar a conocer su cultura. Los primeros contactos que hicimos fueron por recomendación. Yo quería hacer algo profundo, la intimidad de sus vidas, cómo era llegar acá.

Arribeños, reflejo de tres generaciones

En la comunidad, ¿hay personas de aquella primera inmigración?

MR: Sí, y esa era una de las cosas que me resultó más interesante. Los argentinos conocemos historias de inmigración porque venimos de historias de inmigración. Lo que sucede con los taiwaneses es que ya llevan un proceso de unos cuarenta o cincuenta años, por lo cual tienen un proceso de integración bastante avanzado, pero en términos relativos es una inmigración bastante joven. Los abuelos, es decir, los inmigrantes originales están acá y se los puede entrevistar; lo que me permitía ver todo ese proceso de integración. Podíamos hablar con los abuelos, los hijos que eran unos niños cuando llegaron y los nietos que son hijos de esa segunda generación que ya nacieron acá y que en algún punto se sienten más argentinos que chinos. Todo ese abanico de integración está desplegado en esa comunidad.

Si tuvieras que dividir la comunidad en categorías según la generación, ¿qué características podrías dar de cada una según el trabajo que hicieron?

MR: Hay características particulares pero hay diferencias muy claras entre las tres generaciones. Los inmigrantes originales eran adultos de unos treinta años, casados y con hijos, y con cierta formación y experiencia de trabajo en Taiwán.

Esta generación fue la que tuvo el choque cultural más fuerte, ya que no hablaba español y debía aprender el alfabeto de cero. Hubo una difícil adaptación: siendo adulto era más dificultoso aprender un nuevo idioma y además apenas llegaban tenían que ponerse a trabajar. Traían algo de dinero pero tenían que mantener a sus familias.

Muchas de las personas con las que estuve hablando tenían una formación universitaria o terciaria y tenían que ponerse un almacén o algo similar, algo que no requiriera conocimientos específicos. Como tenían que trabajar no tuvieron tiempo de aprender el idioma y empezaron a aprender cuando trabajaban, interactuando con los clientes, hablando con los proveedores. En la mayoría de los casos aprendieron algo pero en otros es un motivo de orgullo el haber aprendido el idioma, más allá de que lo hagan un tanto trabado o con un acento difícil de entender.

Los abuelos, es decir, los inmigrantes originales están acá y se los puede entrevistar; lo que me permitía ver todo ese proceso de integración.

Sus hijos tenían unos ocho, diez o doce años cuando llegaron, venían con su cultura y hablaban chino. Al llegar, empezaron la primaria en una escuela pública, por lo tanto tuvieron un primer choque cultural, pero siendo muy chicos es más fácil adaptarse. Si hoy los escuchás hasta cierto punto suenan porteños. Tienen la cultura china pero de alguna manera son porteños. Entonces operaban como una bisagra de la comunidad, donde tenían que ayudar al padre a traducirles, por ejemplo, venían los proveedores, los padres no los entendían y llamaban a los hijos para que los ayudara.

Esa segunda generación es la adulta que ya pasó por la universidad, tiene unos treinta o cuarenta años y ya formó su propia familia. Después, tenés los hijos de esta segunda generación que en algunos casos pertenecen a matrimonios mixtos y en otros no. La mayoría de ellos casi no hablan en chino, hablan en español y se criaron como argentinos. Los abuelos casi no hablan español y los hijos no hablan chino dentro de una misma familia. Este es un problema del proceso de integración; es un poco violento pero a su vez es inevitable.

¿Cómo viviste vos y la comunidad el poder ver la película y decir “esto es lo que queríamos”?

MR: El hecho de poder presentar y proyectar la película es una experiencia muy importante. Creemos que hemos logrado lo que queríamos. El trabajo tenía como objetivo contar la historia de esta inmigración, transmitir la experiencia, y lo más importante es que la gente vea la película, la de la comunidad y la que no forma parte de la comunidad. Ver cómo reacciona, si se puede comunicar, si se entiende y si todo lo que queremos transmitir se logra. La recepción que hemos conseguido es muy buena, tanto por parte de la comunidad como fuera de ella. Es gente que no tiene por qué sentirse identificada, pero que se siente conmovida con lo que se está contando.

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