La obra del rey maldito

Francisco Civit presenta Ricardo III de Shakespeare y nos muestra que los siglos pasan, pero el deforme e inescrupuloso monarca solo cambia de piel.

Por Leticia Serrano

La hilera de espectadores avanza al ritmo del minutero hasta que el reloj marca las 19:45. Desde la sala se escucha música ejecutada en vivo y, como el olor del pan caliente que nos obliga a entrar a la panadería, ingresamos seducidos a la sala de Andamio 90.

La historia de Ricardo III, el ambicioso monarca que William Shakespeare retrata en su obra de fines del 1500, vuelve a la vida en el barrio porteño de Almagro de un modo particular y vernáculo. Desde el principio, sorprende el elenco inmóvil sobre el escenario con expresión de vacío –los ojos de los actores convertidos en profundos huecos–. Todo indica que algo bueno va a pasar allí. Las luces y la música resuelven y generan el clima justo.

“En 2015, en enero, yo estaba buscando una obra de teatro. Había pensado en el Áyax, de Sófocles, porque trabajaba sobre un tema del statu quo, del entramado político que me interesaba –relata Francisco Civit, el director de la obra–. Eran las elecciones, en enero la campaña ya estaba activa, la cosa estaba muy encarnizada y había algo del poder que me llamaba muchísimo la atención. Yo en ese momento estaba viviendo en la casa de un amigo, charlábamos sobre el proyecto y me dice: ‘Pero eso que vos estás buscando sobre el universo político está en Ricardo III’. Y para mí fue genial. Me dije: claro, ¿cómo no lo vi? Y a partir de ahí todo empezó a organizarse”.

Como una coreografía

Ricardo III es un proyecto que se hizo carne en todos sus integrantes, y gracias a ello se logró una obra de alto vuelo con mínima inversión. “En febrero de 2015 ya nos empezamos a juntar con Fran para proyectar la obra –cuenta Zoilo Garcés, productor general–. Y dentro de esa proyección, pensamos una estrategia de gasto cero, achicar lo más posible. En ese sentido, las fuentes de financiamiento concretas fueron, por un lado, Ideame –plataforma online de financiamiento colectivo–, donde la gente aporta dinero pero no nos regala la plata sino que lo cambia por otra cosa. En nuestro caso, fueron sobre todo entradas al espectáculo, o poder asistir a los ensayos generales. Cada monto tenía un beneficio particular. Para nosotros fue una manera de vender entradas anticipadas y de financiar parte del proyecto”.

La otras fuentes fueron subsidios otorgados por el Instituto Nacional del Teatro y el propio bolsillo del equipo de producción y el elenco. El vestuario, a cargo de Cecilia Zubialde, fue cedido por el teatro El Picadero y por productores amigos. Los instrumentos son de los músicos, y el espacio de ensayo fue cedido de modo gratuito por la UOCRA.

Los actores interpretan más de tres personajes cada uno y algunos también ejecutan instrumentos musicales ajustada y certeramente. La música fue compuesta entre Civit y el elenco, como una tormenta de ideas apoyada en imágenes que el director proporcionó. Más tarde, llegó Adolfo Oddone (musicalización y arreglos) a ponerle un poco de orden y darle forma.

Mientras la obra transcurre, el público enmudece. Las miradas perplejas desde las butacas recaen sobre las expresiones de los actores, que conmueven con gestos y palabras y nos llevan a través de la deliciosa adaptación de Civit.

Ricardo III

Ricardo III

Las funciones son todos los sábados a las 19:45, en el teatro Andamio 90 (Paraná 662, CABA).
Última función: 19 de noviembre.
Ricardo III fue seleccionada para formar parte del Festival Shakespeare organizado por el Teatro San Martín.
El 26 y 27 de noviembre harán su despedida en La Pampa y Av. Libertador, CABA.

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Fernando Migueles, uno de los actores, sintetiza lo que pasa tras bambalinas: “Al principio, te sentís medio perdido, como siempre que empezás un proyecto de estas características. Lo que va ordenando es la acción misma que te propone el mecanismo de la obra, el texto y las distintas acciones. Ahora, cuando ya está todo este recorrido hecho, y ya sabés por dónde vas claramente, es como una coreografía. Empezás a disfrutarlo, es divertido, placentero, es un desafío. Esta obra exige mucha concentración, mucho pasa por el cuerpo, pero es un trabajo realmente muy lindo de hacer”.

Por su parte, Civit desdramatiza: “Está bueno desmitificar lo imposible y lo complejo. Después de todo, para la época este tal Shakespeare era uno de muchos con igual talento, está bueno bajarlo y animarse a sus obras”.

En esta versión, la maldad de Ricardo III y su sed de poder nos llega desde muchos cuerpos diferentes. Nos atraviesa y nos deja boquiabiertos después del último apagón. Cuando las luces se encienden, los aplausos estallan y acompañan las cuatro reverencias de estos actores que no tienen fisuras: sólidos desde lo actoral, y justos y certeros desde lo musical.

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