“El juicio político en Brasil es inevitable”

El argentino Darío Pignotti, corresponsal de ANSA y de Página/12 en Brasil, analiza el acontecer del gigante latinoamericano.

Por Violeta Betancor

Desde la asunción para un segundo mandato del 1 de enero de 2015, el gobierno de Dilma Rousseff está en constante riesgo. La vuelta a la escena pública de Lula, las maniobras de Cunha, los desaciertos de la presidenta, el eco del impeachment y los aires de cambio político en la región son algunos de los puntos del escenario social, político y económico del gigante latinoamericano.


¿Cómo podemos resumir el panorama político que desencadena la situación que se vive hoy en Brasil?

Hay un recrudecimiento de la lucha de clases, que tiene su origen en la crisis global, cuyo impacto directo aquí se traduce en la baja del precio de las materias primas.

En los últimos años Brasil se convirtió en un país exportador principalmente de materias primas, su pauta exportadora varió en los últimos años y el peso de las exportaciones industriales cayó mucho, especialmente hacia los grandes mercados: China, Europa y Estados Unidos. Sin embargo, sigue habiendo mucho peso en las exportaciones de bienes industriales hacia América del Sur, que constituye la infraestructura de esta crisis.

Esta situación se ve agravada por la falta de comando político de Dilma Rousseff, una presidenta legítima, democrática, progresista, con interés en las mayorías populares, pero que adolece de una incompetencia política constatable. También aparece un error político del mayor líder popular brasileño de la historia, el ex mandatario Luiz Inácio Lula da Silva, de no haber sido más protagonista y encabezado la fórmula presidencial en 2014. Todo ese talento, esa inventiva, ese olfato de gran líder que tiene Lula no lo tiene Dilma. Y me permito suponer que si él fuera el presidente hoy, esta crisis no hubiera ocurrido.

Esa lucha de clases se amalgamó en una dirigencia política fundamentalmente gansteril, como también lo es buena parte de la Cámara de Diputados y del Senado. Este último ha adoptado un estilo más sobrio y florentino, controlado por un buen número de congresistas que optaron por la vía parlamentaria para gozar de fueros parlamentarios y no ir presos, y por un número tal vez más alto que están procesados con indicios y pruebas elocuentes.

Brasil está a las vísperas de ser gobernado por alguien con menos de 100 mil votos. Dilma tiene 54,5 millones.

¿Cómo pueden detallarse estos dos espacios dentro del poder político de Brasil?

Esas dos inmensas semiesferas que simbolizan las dos cámaras en Brasilia están vacías de política y llenas de pistoleros o bandidos. Esta descripción encaja perfecto con el presidente de la Cámara de Diputados Eduardo Cunha, un evangélico ultraderechista que, para no ir preso por las evidencias que lo vinculan con haber aceptado sobornos por 5 millones de dólares en el marco del escándalo de corrupción en Petrobras, está rabiosamente aferrado al cargo. Este era uno de los capos en el sentido siciliano de la expresión, de esa red en la que el Partido de los Trabajadores (PT) participó colateralmente, y en la que Lula consintió ese grado de corrupción para garantizar la gobernabilidad. El PT no es el responsable de esto, ni política ni penalmente, y eso también hay que desmentirlo.

Se busca instalar que toda la responsabilidad de lo que ocurre en Brasil es del PT...

La corrupción se tipifica de dos formas: la pasiva y la activa, quien soborna y aquel que es sobornado. La narrativa de las empresas de desinformación brasileñas se han abocado a hablar del corrupto pasivo y no del que corrompe, por tanto se invierte la dinámica: las grandes corruptoras son las empresas constructoras de este gobierno y de los anteriores. Desde que Brasil se convirtió en una potencia económica, se dice que por cada represa Itaipú que fue construida durante la dictadura, los generales se quedaban con otra. No era una corrupción del 10%, era una corrupción del 100%. Si imaginamos que Itaipú hubiera costado 300 mil millones de dólares, ellos se pagaban 600 mil. En eso estaba el “acuerdo” entre los militares y las constructoras, y estas se convirtieron en gigantes precisamente gracias a la época del autoritarismo en la que la prensa jamás se preguntó si había corrupción.

¿Cuáles serán las repercusiones de este escenario en la actualidad del país y de la región?

Lo que ocurre en Brasil es un golpe de Estado institucional. Habrá que ver si Michel Temer, el nombre del golpista, se quedará con el control del Estado, aunque no se sabe si podrá controlarlo. Tampoco me animo a precisar si Michel Temer será un golpista a la paraguaya –un Federico Franco– o uno a la hondureña –un Porfirio Lobo–, no solo en su calidad de conspirador sino de represor.

En todo caso, el modelo en Brasil puede adicionar algunas innovaciones típicas de la inventiva de los golpistas de este país. La diferencia con otros golpes es que este se sabe cuándo va a ocurrir: en mayo, cuando el Senado posiblemente acuerde con lo votado el 17 de abril en Diputados, y eso abrirá un impasse de seis meses.

En esas dos grandes semiesferas del Planalto la política deja de ser oculta y se comienza a trasladar paulatinamente a las calles. En las últimas semanas, la reacción de una parte del pueblo ha comenzado a comprender que este es un golpe, a pesar de los esfuerzos de las empresas de desinformación. Pero las calles no están empatadas, sigue habiendo una mayoría de clase media blanca a favor del golpe en la que una parte comienza a avergonzarse de lo que construyó y otra que acepta a cualquier precio tirar a Dilma y a Lula.

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¿Existen otros mecanismos a los que pueda recurrir el oficialismo para evitar el juicio político?

El juicio político es inevitable. Lo que sí podría revertirse, pero con un margen de probabilidad bajo, es la sentencia. Si hubiera condena para Dilma sería la materialización institucionalizada [del golpe]. A los brasileños les es muy habitual, por lo menos a las oligarquías mediáticas y políticas, ser solemnes para nombrar cuestiones prostibulares. El diario O Globo llegó a comparar a Dilma con Joseph Goebbels por permitirse la osadía de decirle al mundo que este es un golpe de Estado. Hay una solemnidad, una hipocresía oligárquica, de salón del Rotary.

Días atrás la presidenta Rousseff convocó a una rueda de prensa con seis diarios internacionales, entre ellos The New York Times, Le Monde y Página/12. Si tuvieras que detallar ese encuentro y algunos rebotes que surgieron a nivel mediático, ¿cuáles serían?

Lo vi como reportero y como testigo de lo que mis colegas decían, ninguno de ellos es de izquierda, tal vez el de The Guardian, los otros no. Antes de la entrevista con la presidenta y después cuando salíamos, pensábamos que ciertamente es muy difícil llamar transición democrática cuando, quien la encabeza, Eduardo Cunha, lo estaba haciendo para no ir preso.

The New York Times publica dos o tres días después: “Presidenta, contra la cual no hay ninguna denuncia ni causa abierta es juzgada por Parlamento donde predominan los que sí están bajo sospechas o procesados, probablemente perderá el gobierno”. Ese título fue lapidario porque luego se replicó por corresponsales y enviados especiales.

Lo del domingo 17 de abril fue una ópera bufa. Con centenas de diputados –que ya por su aspecto no parecen tales y cuando hablan mucho menos– que decían votar por la caída de Dilma; y hasta con un caso paradigmático, como el de la diputada que casi vivió un trance evangélico cuando votó por el sí al impeachment seis veces casi temblando y “por la corrupción”, y a la mañana siguiente, su marido, que era alcalde de una aldea de un pueblo del interior de Minas, fue preso por caso de corrupción mayúsculo. Así como Cunha resumía lo otro, esta diputada resume esto.

Ese fue un momento de quiebre en el que los grandes vehículos internacionales, no ya La Jornada, no ya Il Manifesto, no ya Página/12, sino los vehículos, los medios que forman la opinión pública global, comprendieron que esto no es una transición normal, y eso sí que está causando un lastre. Pero no digamos que eso va a impedir el golpe...

Cito otro comentario: una de las principales columnistas políticas de uno de los diarios más conservadores en Brasil, que es Estado de São Paulo, escribió que el partido del candidato golpista Temer está preocupado con la mala imagen del gobierno que todavía no llegó. Ellos se preocupan por The New York Times, The Washington Post y por algún otro medio fundamentalmente anglosajón. Esto perjudica y es posible que obstruya la idea de que Temer sea un presidente legítimo, en su imagen y en su masa crítica política. En 2006, la última vez que Temer fue candidato por las suyas, se postuló como diputado federal por el partido Movimiento Democrático Brasileño y obtuvo 99.400 votos. Es decir que Brasil está a las vísperas de ser gobernado por alguien con menos de 100 mil votos. Dilma tiene 54,5 millones.

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Fotografías de Midia Ninja

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