Hombre invisible. Representación de la transparencia.

Devotos de la transparencia

La réplica infinita de casos de corrupción y la demanda de mayor control. Un análisis sobre las estrategias de despolitización del neoliberalismo.

Por Germán Aguirre* - Especial para La Hilacha

Aunque la “corrupción” se ha vuelto, desde hace décadas, un vocablo inescindible del debate público, es innegable que a partir de la asunción de Mauricio Macri vivimos en una suerte de nuevo clima de época en el cual esta palabra tiene una presencia abrumadora en la discusión política. A diario, escuchamos a varios funcionarios remarcar que “se va a poner fin a la corrupción” y que, concurrentemente, la “administración será transparente”. Los grandes medios de comunicación constituyen las voces más resonantes del coro anticorrupción y nos revelan con militante puntualidad nuevos escándalos que se sostienen en agenda a partir de sus derivaciones. El punto más álgido de esta coyuntura tuvo escenas propias de una película de Hollywood cuando fuimos testigos en vivo de excavaciones que buscaban dinero enterrado en una despoblada área patagónica. El show logró hacernos olvidar, por un momento, que la práctica pirata de esconder tesoros en tierras recónditas terminó hace siglos y que cualquier Jack Sparrow contemporáneo no dudaría en servirse de instrumentos financieros un poco más refinados. Así y todo, esta insistencia tiene un innegable éxito: simplemente no podemos evadir la discusión acerca del vínculo entre corrupción y política.

En el sostenimiento temático de la corrupción se revela su contracara: una creencia firme en las virtudes de la transparencia. De esta última se espera la solución de los grandes problemas del país.

Los devotos de la transparencia creen que, bajo su imperio, la política y la sociedad funcionarán de manera armónica. Estas buenas intenciones, no obstante, esconden un problema. Este discurso presupone una concepción muy particular de la política, nunca explicitada pero, como trasfondo, ampliamente difundida en la sociedad actual.

Sus impulsores consideran que, una vez conseguido el acceso a la información completa, y develados todos los detalles, la política se optimiza. Su fe es una fe radical en la eficiencia, en la calculabilidad, en la previsibilidad. La transparencia se asienta, en el fondo, en un discurso técnico. Y como toda técnica, trata a la política como una máquina: desmonta sus partes, las procesa y halla los modos en que las puede hacer operar con la mayor efectividad.

La lógica de la transparencia es una manifestación consecuente del neoliberalismo y de su visión de la política, que lleva su idea de equilibrio y armonía del mercado a las demás esferas sociales. En virtud de esto, niega el elemento conflictivo e imprevisible que define a la política. Frente a la confrontación de proyectos y de ideas, propone un procedimiento técnico. Creyendo en una idílica sociedad del consumo y la producción, hace de la “política” mera “gestión”.

En un libro reciente, titulado La sociedad de la transparencia, el filósofo Byung-Chul Han subrayaba que esta ha invadido todas las esferas de la vida social. Su marca se encuentra presente en la concepción del tiempo, en la exposición de rostros en las redes sociales, en la aceleración de los ciclos de la información. En política, solemos escuchar que la transparencia construye confianza pública. Para Han no hay nada más opuesto que transparencia y confianza. La confianza es justamente una situación intermedia entre “saber” y “no-saber” en la cual, a pesar de todo, se decide construir una relación positiva con el otro: en el momento en que hay confianza, la exigencia de transparencia no ha de tener lugar. Cuando la necesidad de transparencia y de control ha invadido el discurso público y ocupado el lugar de la confianza, estamos ante la señal de que los lazos políticos de la sociedad se han vuelto frágiles.

El problema de este discurso es que no termina de asumir plenamente lo político y su marca indeleble, el conflicto. En el fondo, la transparencia reproduce el ideal liberal que cree posible negar la política y vivir en un mundo despolitizado, en el cual todas las cuestiones serían resueltas merced a un procedimiento técnico y “objetivo”. No obstante, dicha pretensión, en el momento en que busca realizarse en el mundo, cae subrepticiamente en el campo de la política, pues aunque se oculte bajo un velo, la negación de la política no deja de ser una opción política más. En la realidad concreta, no hay soluciones técnicas para los grandes problemas humanos, sino una lucha de ideas, proyectos y modos de existencia. La técnica solo puede trabajar con lo existente y reproducirlo.

El discurso de la transparencia se muestra insuficiente en cuanto omite la pregunta por el “sentido” de la política. Solo puede exigir “honestidad” y “acceso a la información”, pero nunca dar una orientación política concreta.

La transparencia es una demanda legítima. No obstante, ser conscientes de su trasfondo ideológico y de sus consecuencias políticas nos alertan del peligro de su pretensión abarcadora: erigirse como la solución de los principales problemas sociales. Así ocluye las preguntas definitorias de la política, las ideas y proyectos concretamente en pugna, el contenido de las grandes decisiones gubernamentales y el sentido hacia el cual quiere conducirse a una sociedad.

*Politólogo

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