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En rebeldía

Un llamado a indagatoria, una orden de detención y una de las máximas referentes mundiales de los derechos humanos. Con Hebe no se jode.

Por Gladys Stagno y María Saavedra

El 4 de agosto las organizaciones de consumidores convocaron a un ruidazo, el segundo en menos de un mes de la era Cambiemos, en protesta por el aumento bestial de las tarifas. Y cualquiera hubiera pensado que esa sería la noticia del día. Pero no. La  Justicia, que juega su propio partido en una cancha marcada desde diciembre con la frase “los derechos humanos son un curro”, actuó encarnada en el juez Marcelo Martínez de Giorgi y ordenó el allanamiento y la posterior detención de Hebe de Bonafini por su presunta “rebeldía” al no asistir a su segundo llamado a declaración indagatoria por la causa “Sueños compartidos”.

A esta citación, Hebe había respondido en la mañana con un escrito donde recuerda las veces que fue víctima de la injusticia y todas las que colaboró con la causa presentando pruebas y asistiendo a citaciones.

Pero esta vez no lo hizo. Anticipó que no iría, amparada en su derecho de no hacerlo en tanto imputada, por el mismo motivo por el que no quiso un abogado defensor: porque para ella involucrar a las Madres en la causa siempre fue improcedente ya que, como dice en su carta, las “castiga a todas, ancianas de 85 a 90 años”, y las condena “a pagar las deudas, injustas y ajenas”.

Durante todo el día asistimos a debates sobre si debió ir o no. A ejemplificaciones con causas anteriores incluso de ex presidentes de la Nación que desobedecieron los llamados judiciales y nadie los mandó a buscar con la policía. A disertaciones sobre la igualdad que todos tenemos ante la ley. A planteos sobre la naturaleza provocadora de Hebe. Todos ellos partieron de la premisa del respeto republicano a las instituciones y la sumisión de los ciudadanos a una Justicia que, justa y divina, es incuestionable.

Pero si a alguien le sobran fundamentos para considerar a la Justicia argentina oligárquica, parcial y, siendo amables, un poco inepta, es a Hebe, quien enumera en su carta cómo viene “padeciendo" sus "agresiones" desde 1977, y relata la “ignominia” e “indiferencia” con las que fue tratada frente a la desaparición de sus dos hijos y su nuera, y a las torturas a su hija en 2001.

Para una gran porción del campo popular no hicieron falta más razones para ir a apoyarla, para impedir la entrada de las fuerzas de seguridad a la agrupación, para escoltarla hasta la Plaza de Mayo en su marcha histórica en el jueves número 1999, y acompañarla de vuelta a Congreso, donde Martínez de Giorgi debió dar la orden de postergar la captura para un “momento oportuno” cuando la Policía Federal le avisó que, dada la situación, no podía realizar la detención.

En una cancha marcada por un gobierno que recibe en la Rosada a neonazis y abogados defensores de represores y reflota la teoría de los dos demonios, cuyos funcionarios instalan el infame debate de cuántos eran realmente los desaparecidos ante la imposibilidad forzada y triste de contarlos, la Justicia tira la pelota afuera envalentonada con la idea de que sus tribunales sean los paladines de la ídem y dicta la orden de detención de un símbolo y una referente nacional e internacional de los derechos humanos. Lo hace para escándalo de todos los medios del mundo, salvo para los argentinos, que siguen hablando de institucionalidades y rebeldías. Como si les diera el piné. Como si no hablaran de la persona gracias a la cual, en gran parte y por esa rebeldía suya, tenemos la democracia, la libertad y el reclamo eterno de Verdad y Justicia.

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