Fuente: Revista Forum.

Golpismo mediático en Brasil

El rol de los medios concentrados en los golpes blandos en América Latina es central. Les presentamos un análisis de la situación brasilera.

Colectivo Passarinho - Especial para La Hilacha

Manchado por arbitrariedades, irregularidades y revanchismo político, el proceso de impeachment al que responde la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, reelecta hace 18 meses por el voto de más de 54 millones de ciudadanos, amenaza la joven democracia brasileña y sigue representando un desafío para los analistas políticos. El proceso se diferencia claramente de los tradicionales golpes militares, que involucraban conspiraciones secretas, secuestros armados de presidentes, ruptura abrupta del orden democrático, detenciones clandestinas, torturas y desapariciones. Más cercano a los llamados “golpes blandos” como el que tuvo lugar en Paraguay en el año 2012, algunos afirman que el proceso que busca derrocar al actual gobierno brasileño es un “golpe en cámara lenta”. Es decir, ha sido tramado cuidadosamente por la oposición, con apoyo del gran empresariado, de sectores del Poder Judicial y de un actor clave que atraviesa impunemente la historia brasileña, impulsando, estimulando y respaldando la derrocada antidemocrática de gobiernos populares: los grandes medios de comunicación.

Con una ley de comunicación vigente desde 1962 que favorece la concentración de medios y el monopolio de la información, los principales medios de comunicación en Brasil pertenecen, desde hace muchas décadas, a cinco de las familias más ricas del país. Asimismo, según el Foro Nacional por la Democratización de la Comunicación en Brasil, el 25% de los senadores y el 10% de los diputados federales son propietarios de concesiones de radio y televisión.

Al referirse al gobierno actual, abusan de las palabras “crisis” e “ingobernabilidad”, mientras que confieren amplios espacios de publicidad a la Federación de Industrias del Estado de São Paulo (FIESP) para hacer propaganda con la frase “impeachment ya”.

El rol protagónico de los grandes grupos comunicacionales en la definición de los rumbos políticos del país no es de hoy. De hecho, algunos de los mismos medios que ahora exigen la continuidad de la demanda por el impeachment contra Dilma, como O Globo, Estadão, Abril y Folha de S. Paulo, apoyaron explícitamente el golpe militar de 1964 y el gobierno represor que lo siguió. Son estos los mismos grupos hegemónicos que ofrecieron su apoyo a los gobiernos neoliberales de Fernando Collor de Mello (1990-1992) y Fernando Henrique Cardoso (1995-2003), que no dicen nada sobre los escandalosos casos de corrupción en los que están involucrados los principales líderes políticos de la oposición –como la Privataria Tucana, el Trensalão y la Lista de Furnas–, pero no dudan en difundir ampliamente aquellos que involucran al Partido de los Trabajadores (PT) desde que este llegó al poder con Lula en el 2003.

Este escenario es extremadamente perjudicial para la libertad de expresión y de prensa y para el acceso democrático a la información. De hecho, según un informe publicado recientemente por la organización Reporteros Sin Fronteras, la recesión económica y la inestabilidad política agravaron el problema. Brasil cayó cuatro posiciones en el Índice Mundial de Libertad de Prensa y se encuentra ahora en la posición 104 en el mismo ranking en el que la Argentina ocupa el número 54. El informe recuerda que los periodistas que trabajan para los grandes grupos mediáticos están sujetos a intereses privados y partidarios y que, de forma bastante evidente, los principales medios de comunicación del país vienen convocando a la población para derrocar a la presidenta Dilma Rousseff.

Estos mismos grupos hegemónicos no solo convocan a las manifestaciones de carácter anti-Dilma, anti-PT y pro-impeachment a las calles, sino que además les conceden amplio espacio de difusión, al mismo tiempo que minimizan los grandes levantamientos populares en defensa de la democracia que han estado ocupando las calles de todo Brasil desde el 18 de marzo. Al referirse al gobierno actual, abusan de las palabras “crisis” e “ingobernabilidad”, mientras que confieren amplios espacios de publicidad a la Federación de Industrias del Estado de São Paulo (FIESP) para hacer propaganda con la frase “impeachment ya”.

Publicidad pagada por FIESP en el periódico Estadão online el 29/3/2016

Publicidad pagada por FIESP en el periódico Estadão online el 29/3/2016

Pero su rol no se limita a la difusión selectiva. Si algo ha quedado claro en la actual crisis en Brasil es que los grandes monopolios de la comunicación tienen acceso directo y privilegiado a la información que les interesa, aunque ello implique la violación de las garantías constitucionales más elementales, como la privacidad e incluso la seguridad nacional. Esto es lo que ponen de manifiesto las filtraciones que mancharon de tintes político-partidarios a la actuación judicial en la operación policial Lava Jato –que investiga crímenes de corrupción en Petrobras con participación de diversos partidos políticos, entre ellos el PT–. Cuando se produjo la controvertida “conducción coercitiva” de Lula, los periodistas de O Globo ya se encontraban en el local del operativo incluso antes de que los abogados del ex presidente se enteraran de lo ocurrido. O Globo también fue quien recibió de primera mano las grabaciones telefónicas entre Lula y Dilma horas después de que fueran captadas por las escuchas y –casualmente– un día antes de la fecha anunciada para que Lula asumiera como jefe de Gabinete de Dilma. Estas llamadas fueron grabadas de forma ilegal y el juez Moro terminó disculpándose ante la Corte Constitucional. Demasiado tarde. Aunque no revelaban nada material que incriminara al ex ni a la actual mandataria, esta y otras llamadas de Lula fueron recortadas y difundidas en tono de suspenso por los presentadores del noticiero de más audiencia de Brasil, mientras el fondo de pantalla exhibía una inmensa cantidad de dinero saliendo de una tubería sucia de petróleo.

Asociar a la presidenta de Brasil a escándalos de corrupción, aunque ella no tenga ninguna acusación real de desvíos de fondos públicos en su contra, no es el único recurso del que se han servido los grandes medios para minar la imagen de la mandataria. Muy similar a lo que le pasaba a Cristina Fernández de Kirchner con algunos medios argentinos, Dilma, a la que siempre negaron la “a” de “presidenta”, sufre constantemente ataques sexistas que buscan asociar su imagen a la de una persona desequilibrada y autoritaria, al recurrir a testimonios anónimos y fotografías distorsionadas. Un ejemplo fue el reportaje de la revista ISTOÉ que utilizó una imagen en la que Dilma se mostraba entusiasmada en la hinchada de Brasil durante un partido del mundial de fútbol, y la sacó de contexto para estampar la tapa del semanario y mostrarla como una mujer desequilibrada emocionalmente. El episodio generó una fuerte reacción en las redes sociales, donde miles de personas se sumaron al hashtag #IstoÉMachismo para denunciar la falta de ética del periodismo de la revista.

Cristina Fernández compara los mecanismos de prensa machistas de una revista argentina y una brasileña. Fuente: La Mañana de Córdoba.

Cristina Fernández compara los mecanismos de prensa machistas de una revista argentina y una brasileña. Fuente: La Mañana de Córdoba.

Sin embargo, en la era de las redes sociales y de la globalización informativa, la disonancia entre la narrativa encontrada en los principales medios de comunicación internacionales y aquella mantenida con obstinación por la plutocracia mediática nacional es cada vez más aberrante. Mientras los principales canales de información en Brasil insisten en defender el actual proceso de impeachment como un remedio natural y deseable para la crisis económica y política del país, los medios de todo el mundo, como The Guardian, Le Monde, Financial Times, The Wall Street Journal, The Washington Post, El País, The New York Times, Al Jazeera, CNN y hasta Clarín y La Nación, alertan sobre el carácter antidemocrático de este juicio político.

En los últimos años, se volvieron frecuentes las manifestaciones frente a las oficinas de la Rede Globo, en las que denuncian la fuerte interferencia del conglomerado en el escenario político de Brasil. Los empleados de la empresa –incluso grandes figuras de la comunicación– ya expresaron públicamente su repudio a la manipulación de la información. Para recuperar su legitimidad el grupo publicó en el 2013 un editorial donde admitía su error en apoyar al golpe militar en Brasil. La pregunta es cuántos golpes tendrá que vivir un país hasta que sus leyes den cuenta de una obviedad: que sin democracia en las comunicaciones no hay democracia política.

Foto: Francisco Proner Ramos. Fuente: Blog do Tarso.

Foto: Francisco Proner Ramos. Fuente: Blog do Tarso.

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