La gran estafa

Bullrich analiza la educación heredada desde las formas de Cambiemos: datos inciertos y camisa sin corbata. Pero, ¿qué no dice cuando dice?

Por Martín Caldo* - Especial para La Hilacha

En las redes sociales está circulando un video del actual ministro de Educación, Esteban Bullrich, mientras dicta una conferencia sobre la situación educativa heredada. Allí la describe en términos negativos y argumenta que “se está produciendo una gran estafa con los estudiantes”. Según su análisis, esta estafa se concreta cuando la escuela les da un título que no se condice con lo que los alumnos debieron haber aprendido. En términos bien simples: tienen el certificado pero no saben nada.

Esta línea de pensamiento se escucha con frecuencia en los medios masivos y también en la calle. Se cristaliza en frases como “la escuela está en crisis porque no se enseña como antes”. O “los pibes no aprenden nada”. O “los hacen pasar de año de cualquier manera”.

Podríamos pensar que el ministro interpreta en el video la voz de la calle. Sobre todo porque esa voz se expresa en los comentarios en carácter de alabanzas que le dejan a montones los usuarios en Facebook, incluso algunos docentes. Aun a sabiendas de que en internet existen los trolls y que las opiniones pueden estar direccionadas, el tránsito por las escuelas da fe de que muchos maestros y profesores piensan de ese modo.

Hace mucho que se habla de que vivimos en tiempos de la videopolítica o de la sociedad del espectáculo. El ministro maneja con acierto los lenguajes expresivos de esta sociedad espectacularizada, mediatizada. En un video corto, con lenguaje llano, Bullrich sigue la dinámica de las charlas TED, con un expositor que camina mientras interactúa con el público para hacerlo parar o sentar. Claro que falta la otra parte de las TED, la parte interesante: las ideas novedosas, disruptivas, que hacen pensar.

Si escuchamos con atención la exposición de Bullrich, la primera pregunta que cabría hacerse es cómo sostiene la idea de “la estafa”. En el auditorio de una universidad privada de las consideradas “de excelencia”, es de suponer que el ministro la sustenta con fundamentos. Sin embargo, no hace ni la más mínima referencia a una encuesta o evaluación que acredite los datos que enumera. Podría, incluso, citar las pruebas PISA, que Bullrich considera con una valoración positiva. Pero nada, solo frases hechas, de marketing, sin ningún sustento teórico. Ni siquiera uno polémico.

En segundo lugar, el ministro habla como si hubiese bajado de un trasmundo desde el que observaba el deterioro educativo y lo desgranaba con imparcialidad, como los filósofos de la antigua Grecia. Pareció olvidarse, en su análisis, de que desde 2010 y por cinco años, él fue ministro de Educación de una de las jurisdicciones más importantes del país: la ciudad de Buenos Aires. ¿Por qué Bullrich evita comparar los datos de la “estafa educativa” con los de la ciudad que él condujo, con escuelas a cargo de manera directa, sin intermediarios?

Muy por el contrario, señala que en los pasados años, a nadie se le ocurrió pedir la renuncia del ministro de Educación ante la consumación del fraude. Y allí introduce otra sentencia insostenible: la culpa fue del Ministerio nacional. El Ministerio de Educación de la Nación no tiene escuelas propias y todas sus medidas deben ser consensuadas con las jurisdicciones. Tenemos allí un problema no menor de política educativa que el ministro deja de lado, y simplifica engañosamente para que su auditorio, creyendo entender, no entienda el fondo de la cuestión.

Y luego utiliza el “nosotros”, ese bello pronombre que nos incluye… para hacernos responsables a todos. Los docentes de la ciudad, que día a día tratan de enseñar en cada escuela porteña, son tan responsables como él, que es la máxima autoridad educativa.

El final tiene su golpe de efecto, cuando aparece en el relato la Tragedia de Once. “Murieron cincuenta personas y dos secretarios de Transporte fueron a juicio. Nosotros chocamos 500 mil pibes por año y nadie nos hizo juicio. Yo quiero que me hagan juicio si no cumplo.” Más allá de que la comparación puede oscilar entre lo forzada y lo poco feliz, porque los muertos no pueden revivir, y los pibes que no terminaron la escuela pueden hacerlo en las ofertas para adultos –que ya han permitido finalizar sus estudios a miles de ellos–, hay un punto ciego en el relato de Bullrich que se repite: no puede dar cuenta de la ciudad, ¿pero sí dará cuenta de un ministerio sin escuelas?

Si el video se mira en contexto, mientras Bullrich daba la charla en San Andrés, en el Ministerio que dirige se estaban cerrando programas, ajustando el FINES, “sincerando” trabajadores de investigación y estadística, vaciando el Conectar Igualdad y dejando en el limbo a las Orquestas Infantiles y Juveniles. Todo, sin la elaboración primera de un plan de acción que nos saque de la “estafa”.

Algunos análisis de la elección del 22 de noviembre de 2015 señalan que el voto que le dio el triunfo a Cambiemos estuvo impulsado por el pedido de un cambio en las formas. En su disertación, las formas de Bullrich son, por cierto, nuevas. Son formas llenas de TED y universidad privada, pero también de enumeraciones sin datos y sinécdoques discursivas que toman la parte por el todo y hasta la nada por el algo. Para un electorado que decidió que la manera de comunicar es tan importante como para inclinar una elección, ¿qué tan importante son las ideas, los conceptos, las políticas públicas y los planes de gobierno que se comunican o se evita comunicar en esos modos? ¿Cuánto significa la veracidad de lo que se denuncia y los datos que se citan? ¿Qué tanto importa, en un análisis, el currículum de gestión de quien lo haga?

* Maestro, licenciado en Educación, investigador y profesor universitario.

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