Este graffiti se llama De medios masivos y abusivos de comunicación es una pintada de un artista callejero Colombiano llamado Toxicómano, creada en 2011. Podemos encontrar este graffiti en las calles de Bogotá.

Medios buitre

El abogado y comunicador Rodríguez Villafañe analiza el rol de los medios en la construcción del pensamiento sobre la deuda externa.

Por Miguel Julio Rodríguez Villafañe*

El endeudamiento externo ilegítimo en la Argentina, especialmente desde 1976, estuvo acompañado por acciones que facilitaron la trampa y lo indebido. Junto a ellas, se desplegó una estrategia de ocultamiento de información relevante para la sociedad. La desinformación y la manipulación se asentaron en manejos diversos de los medios de difusión para convertirlos en funcionales a ese objetivo.

Manipulación mediática

Para ese fin, entre las dinámicas llevadas a cabo, la principal fue la cooptación o la compra de medios de difusión, en especial por parte de bancos prestamistas externos o por sus representantes o grupos afines. Así, se hicieron dueños total o parcialmente de empresas de medios o las condicionaron de diversas formas, directa e indirectamente. Entre las modalidades indirectas, una fue inducirlos a tomar créditos que después terminaban cercándolos económicamente, en parte por la inestabilidad económica en la que se sumía al país por ciclos.

Otra forma consistió en invertir una cantidad significativa de dinero en publicidad en medios. Muchos de ellos se hicieron dependientes de ese ingreso y terminaron condicionando su discurso en favor del mundo de las finanzas por temor a perder esa pauta publicitaria.

Es decir que, de una u otra forma, los medios de difusión fueron presionados para tener una visión determinada del accionar de las entidades bancarias y en materia de deuda externa ilegítima.

Discurso único

A su vez, a esos medios de difusión cooptados o condicionados el Estado les facilitó una dinámica que permitió una importante concentración de la propiedad que, en muchos casos, llevó a conformar grupos monopólicos u oligopólicos. Estos lograron administrar, más fácilmente, el discurso único en cuanto al asunto de endeudamiento externo. Para ello también se garantizó, en algunas prestaciones de radiodifusión, un mercado cautivo a las estructuras operantes sobre la opinión pública, por ejemplo, en materia de televisión por cable. De esta forma, determinados grupos se fueron apoderando de los principales medios de comunicación masivos.

Por otra parte, con la Ley No 22.285 de radiodifusión sancionada en 1980 por el último gobierno militar, no se les permitió el ingreso a nuevos titulares de licencias para radio y televisión. En esa norma se excluyó de la titularidad de los medios, particularmente, a las instituciones de la economía solidaria no comerciales, como es el caso de cooperativas, mutuales y demás organizaciones de la sociedad civil sin fines de lucro. Eliminaron así la posibilidad de que el público contara con una visión plural o alternativa de la realidad.

Luego, incluso con una ley de la democracia como la No 23.696 –llamada de “Reforma del Estado” y sancionada en 1989–, se amplió aun más la concentración al autorizar que los medios gráficos más importantes –como los diarios Clarín y La Nación, dueños de Papel Prensa S.A., empresa que produce el papel para diario– pudieran participar en radiodifusión y, de tal modo, aumentar significativamente su influencia.

Asimismo, la información, en materia de créditos o deudas externas, fue acotada o invisibilizada por los medios gráficos, la radio y la televisión, cooptados o condicionados por las entidades financieras. En ese entonces, se promovió la idea de que el país se volvería riesgoso si no cumplía –sin condicionamientos– con lo que los acreedores externos exigían que abonara. Hubo momentos en los que se nos degradó como sociedad y la temperatura de nuestra autoestima dependía del aumento de un índice llamado “riesgo país”, que difundían diariamente los medios de manera destacada. Ese riesgo actuó como un fantasma al que las personas solo podían temer, sin cuestionar las razones en virtud de las cuales quienes nos endeudaron nos responsabilizaban, además de pretender que nos volviéramos “creíbles” ante el mundo solo pagando, sin discutir lo que se nos decía que debíamos. Se transmitía la sensación de que, para reingresar a la civilización, no correspondía preguntar y había que pagar para no ser castigados por el mundo.

Después vendría el default y la crisis de 2001.

En 2009 llegó un respiro, cuando se dictó la nueva Ley No 26.522 de Servicios de Comunicación Audiovisual, que permitía la existencia de una multiplicidad de medios en diversas manos y abogaba por que la libertad de expresión se enfocase desde los derechos humanos y no solo regida por las leyes del mercado.

Déjà vu peligroso

Ahora, sin embargo, con los Decretos de Necesidad y Urgencia 13, 236 y 267 de 2015, dictados por el presidente Mauricio Macri, en los que reforma inconstitucionalmente la Ley No 26.522 –conocida por todos como la Ley de Medios–, la situación que se presenta parece conducir a lo ya visto y vivido, un déjà vu de lo que he descrito.

Baste referir, a manera de ejemplo, que a la política de medios de difusión se la deja sometida, especialmente, a las leyes del mercado. Se han derogado las normas que evitaban la concentración monopólica de licencias y el tope del 35% de la totalidad del mercado en manos de los mismos dueños, entre otras graves disposiciones adoptadas.

De pronto, en estos días, con la discusión del pago a los fondos buitre, en los medios poderosos volvimos a escuchar el discurso único, con mensajes tramposos. Se ha insistido en que solo "estamos en el mundo" si acordamos con los condicionamientos usureros de los holdouts, o en que, si no pagamos, nos esperan apocalipsis sociales. Estos mensajes intimidantes, en gran medida, fueron propagados por los mismos que nos endeudaron y aceptaron condiciones indignantes para el país. De nuevo se trata de instalar como eje el miedo a las consecuencias de no cumplir, porque, nos dicen, nos convertiríamos otra vez en un país "muy riesgoso".

Es preocupante, entonces, que volvamos a ver la misma película. No solo porque ya la vivimos, sino porque, para colmo, ya conocemos el final. Uno en el que el pueblo sufre, y mal.

*Abogado constitucionalista, periodista, miembro de la Coalición por una Comunicación Democrática.

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