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No se enseña como antes

El Ministerio de Bullrich abre las puertas de la educación a multinacionales y ONG. Mientras, hay docentes que “mickyvainillean”. ¿Y los pibes?

Por Martín Caldo* - Especial para La Hilacha

Desde la asunción del actual gobierno, la privatización de la educación comenzó a ser un tema de agenda. Como en tantas otras áreas, la marca de la política educativa de Cambiemos es no hablar de la famosa y noventosa “cirugía mayor sin anestesia” y, en cambio, anunciar que seguirán las buenas propuestas del gobierno anterior, pero mejoradas.

Claro que mejorar no tiene un único significado y daría toda la impresión de que, para estas políticas (¿neoliberales? ¿posneoliberales?) la mejora pasa por el trabajo articulado entre el sector público y privado, artilugio discursivo muy interesante que plantea una igualdad tácita entre ambos, y que hace mella en el sentido común mayoritario.

Esta articulación descansa sobre la idea del trabajo pacífico y encubre los conflictos siempre presentes en la Argentina entre educación pública y privada, desde la sanción de la Ley Nº 1420 en el mandato de Roca, pasando por la tensión de “libre o laica” durante el gobierno de Frondizi y por las discusiones del Congreso Pedagógico que impulsó Alfonsín.

A esa tensión original y sostenida en el tiempo entre escuelas públicas y privadas, esta gestión le suma disputa al abrirles la puerta a otros dos sectores: el de las ONG y el privado. El programa de la ONG “Enseñá por Argentina” o la alianza con Microsoft y el Grupo Clarín como proveedores del plan Conectar Igualdad son solo algunos ejemplos.

Hay que dar, primero, la pelea hacia adentro, para que luego las mayorías comprendan que todos los pibes son sujetos de derecho y que la escuela pública debe pelear para que puedan ejercerlo.

“Enseñá por Argentina” propone el trabajo en parejas pedagógicas en escuelas públicas, con un segundo sujeto, además del docente, que enseña sin formación específica, capacitado por la ONG. En la ciudad de Buenos Aires, donde comenzó, autorizado por el actual ministro de Educación nacional, Esteban Bullrich, ya existía el programa “Maestro + Maestro”, que desarrollaba esta propuesta con un enfoque más amplio y con docentes formados. El Ministerio permite con este proyecto la inserción de agentes externos en el aula con los consiguientes informes de la ONG que señalarán las deficiencias que ella viene a solucionar. No es ilógico esperar que la maquinaria mediática utilice esos informes para taladrarnos con que la escuela pública es un desastre.

Doce años y medio de alta inversión en educación orientada a la escuela pública no alcanzarán ante el drástico viraje de las políticas educativas legitimado por las mayorías. Pese a todo, el sistema arrastra dificultades que contribuyen a este viraje y deberían revisarse. Entre las primeras, está la necesidad de repensar la escuela.

Desde el pie

Volver a pensar por qué tipo de escuela pública peleamos desde el campo nacional y popular requiere establecer como punto de partida –nodal e irrenunciable– que la escuela no es pública porque sea un servicio –como un colectivo o un tren, y entonces la diferencia es quién lo gestiona–, sino que lo es como es pública una plaza, donde todos pueden ejercer su derecho sin restricciones de capacidad económica o de creencia religiosa.

Con ese primer acuerdo, debemos reflexionar sobre qué escuela queremos construir reconociendo las falencias.

La primera de ellas es la menor cantidad de días de clase en las escuelas públicas en relación con las privadas. La pérdida de días se debe en gran parte a los problemas edilicios y a las ausencias docentes por las condiciones laborales que se alejan del óptimo esperado –por ejemplo, la falta de pago del tiempo de planificación y corrección–. Pero otra parte de la responsabilidad recae en cierta habilidad para usufructuar las licencias que habilita el Estatuto Docente y en los paros. Como docentes de la escuela pública deberíamos recordar que cada día, sin nuestra presencia, los pibes se pierden algo valioso que aprender. Un uso menos automático del Estatuto para justificar las faltas y la búsqueda de modalidades alternativas en las medidas de fuerza son dos cuestiones que deben partir desde el pie, desde los mismos docentes, si no queremos asistir pasivamente a una profundización del ajuste educativo –cuyas partidas presupuestarias ya están brutalmente subejecutadas–, con la imposibilidad de defender el sistema público ante una maquinaria mediática que acciona en el mismo sentido.

El segundo problema es la supuesta baja en la calidad educativa de la escuela pública, instalada en el imaginario popular. Se vienen tiempos de evaluación permanente, disfrazada de ayuda. Y en este punto hay que recuperar la palabra y la razón docente para poder responder a la clásica comparación “escuela de antes-escuela de ahora”, que deriva en “no se enseña como en mis tiempos”. Los profesionales de la educación debemos sortear ese debate al entender que los diseños curriculares actuales prescriben otro tipo de enseñanza. Es por eso que los resultados esperables serán diferentes a los de la “dorada y antigua escuela”. Y al comprender también que las nuevas propuestas son mejores que las anteriores porque van en línea con mucho de lo que se valora actualmente, como enseñar a pensar o formar sujetos críticos. Difícilmente, estos objetivos se logren con las formas de enseñanza que proponen la repetición como método para adquirir mecanismos de resolución o para memorizar datos importantes.

La última cuestión es el tema de la inclusión. La idea de que todos los docentes de escuelas públicas son sujetos de pensamiento progresista, que buscan la inclusión de los pibes con aprendizaje, merece ser revisada. Como cualquier colectivo, este grupo no es homogéneo pero, en tren de reflexionar hacia adentro, hay que reconocer que muchos colegas son la expresión más real del “mickyvainillismo” imperante que señala, entre otras cuestiones, que los pobres lo son por su falta de apego al esfuerzo.

Hay que dar, primero, la pelea hacia adentro, para que luego las mayorías comprendan que todos los pibes son sujetos de derecho y que la escuela pública debe pelear para que puedan ejercerlo. Los bachilleratos populares, las escuelas de gestión social y los jardines comunitarios son iniciativas que pueden brindarnos ejemplos de hacia dónde mirar.

Desde el gobierno se avanza con otro modelo de escuela pública que cuenta con los medios a su disposición para imponerse. Quizás, si no comenzamos desde ahora a repensar la escuela y el trabajo docente, aceptando las miserias, valorando las potencias e imaginando nuevos mundos posibles, estemos allanando, con pasividad e indiferencia, el camino de la privatización.

* Maestro, licenciado en Educación, investigador y profesor universitario.

1 comment

  1. Pocho 11 agosto, 2016 at 12:25 Responder

    Muy buena nota Martín, aguda reflexión sobre los nuevos tiempos educativos, es urgente que sigamos atentos en nombre del supuesto cambio nos están dando gato por liebre.

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