Mario Amadeo French, canciller argentino.

El primer socialista y el gran fascista

Trump, Palacios y la historia de un personaje que alineó a la Argentina con el ala más conservadora de la derecha norteamericana.

Por Orlando Martyn* - Especial para La Hilacha

 

Mario Amadeo fue canciller del general golpista Eduardo Lonardi, quien dirigió la sublevación contra Perón desde Córdoba, y luego de su caída ocupó la Casa Rosada por siete semanas hasta que lo derrocó su colega Pedro Eugenio Aramburu. Uno representaba al ala nacionalista católica del Ejército, el otro a la liberal. El asunto es más complejo, ya lo sé, pero sirve para sintetizar las internas militares que coincidían en un asunto crucial: su absoluta adhesión a las doctrinas del Departamento de Estado en plena Guerra Fría.

Amadeo era directamente fascista. Importó a nuestro país la TFP (Tradición, Familia y Propiedad), secta fundada en Brasil por Plinio Correa de Oliveira, un fervoroso monárquico, católico preconciliar, defensor radical de la Inquisición y adicto a las artes esotéricas, alineado con el obispo francés Marcel Lefebvre –a quien, sin embargo, calificaba como débil y decadente–. Los cuadros de dicha secta eran separados muy jóvenes de sus familias, y entrenados cual cruzados medievales sobre la base de castigos corporales, prolongados ayunos, manejo de armas, combate cuerpo a cuerpo, jornadas de oración y aprendizaje del área medieval del catolicismo –de herejías como el Concilio Vaticano II y la Teoría de la Liberación ni hablemos–. Prácticas similares a las de las sectas norteamericanas del Bible Belt, supremacistas y armadas hasta los dientes.

Plinio Correa de Oliveira.

Plinio Correa de Oliveira.

Plinio, autodenominado “profeta inerrante”, era solterón y misógino. Hacía venerar a su madre, doña Lucinda, como una santa a la diestra de la virgen de Fátima. Y mantenía largas conversaciones didácticas con jovencitos de 13 y 14 años que serían sus futuros soldados: en su oficina carioca y a solas, con la puerta cerrada…

Pero ¿por qué nos interesa este personaje menor, cruel, psicótico y sectario? Pues porque su delegado argentino, nuestro Mario Amadeo, era hombre de múltiples herramientas en su auxilio a Estados Unidos contra el demonio comunista. De modo que también puso los cimientos del Opus Dei en la Argentina: el militarismo de la TFP por un lado, la invasión de ciertos sectores de la burguesía por el otro; además de ramificaciones en los mundos militar, abogadil, periodístico y pedagógico, cuyas FASTA, UNSTA, Universidad Austral, La Nueva Provincia y Fores (el “colegito” porteño de abogados) padecemos hasta hoy.

La cuestión es que Amadeo, desde su efímero cargo en el gabinete de Lonardi, aunque antes como funcionario de carrera en la Cancillería, y luego como embajador ante la ONU, impulsó el reconocimiento de la TFP… en el mismo Estados Unidos. ¿Cómo? ¿Una secta católica en el país de los cuáqueros? ¿Esos protestantes a los que odiaba con encono el profeta brasileño?

El frenético discurso de Donald Trump es la puesta en escena perfecta de semejante pieza de la Commedia dell'Arte.

Uno de sus aliados fue el senador y diplomático republicano Henry Cabot Lodge, quien advirtió que “todo sirve” en la Guerra Fría. Como la derecha yanqui se quedó sin discurso coherente ante la caída de la URSS, el enemigo hoy son los ilegales, los homosexuales, los negros, los árabes y los latinos, las drogas y la igualdad de género. Y Obama, claro, que para afuera bombardea civiles pero para adentro hace la plancha y deja agonizar la economía. El frenético discurso de Donald Trump es la puesta en escena perfecta de semejante pieza de la Commedia dell'Arte.

Henry Cabot Lodge y Mario Amadeo. Foto revista Time.

Henry Cabot Lodge y Mario Amadeo. Foto revista Life.

La filial yanqui de TFP integra –como socio minoritario pero muy activo– lo que fue el Tea Party, ese confuso movimiento racista y violento que influirá drásticamente en las próximas elecciones. El headquarter de la secta del difunto Plinio queda en Mount Kisco, Nueva York. Tiene su propia web y uno de sus retoños es la ANF (America Needs Fatima).

De hecho, en la página de la organización católica conservadora que suele tomar posición respecto de las elecciones presidenciales, Catholic Answer, pululan las menciones elogiosas al doctor Plinio, aunque no faltan las denuncias de católicos progresistas que comparan a la organización con la del reverendo Moon por su fanatismo y búsqueda de lucro que atrae ilimitados recursos económicos.

Hay además un dato sugestivo: el Denver Post afirmaba que “un estudio de McLaughlin y Asociados en enero, por encargo del National Review Institute, encontró que el 28 por ciento de los partidarios del Tea Party se identifican como católicos”. ¡28%, ni me lo hubiera imaginado! El problema que tienen, parece, es que el nuevo Ku Klux Klan es antiabortista en Estados Unidos, pero el aborto les parece bueno si se practica en las mujeres al sur del Río Grande. De los pobres ni hablar: no hay que asistirlos en nada, lo cual contradice ciertas doctrinas edificantes del Vaticano, como la cesión de bufandas viejas y latas de garbanzos en la colecta anual de Caritas.

Van por más: balas para cualquier ilegal, y muros más elevados en la frontera...

Algunos obispos yanquis se cabrean, claro, y denuncian el extremismo del Tea Party en cuanto a la ayuda a los pobres –que siempre habrá, por supuesto–. Pero ignoran hasta dónde llegarán las bases –los fieles, bah– a la hora de la verdad.

Pero regresemos a 1955, cuando Amadeo era designado ministro de Relaciones Exteriores y convocó en el Palacio San Martín a todo el cuerpo diplomático para explicar los nuevos lineamientos de la política internacional. Según relata su secretario, Lucio García del Solar, el ministro “simbólicamente sentó a un religioso a su derecha, el decano de los embajadores argentinos, presbítero Daniel García Mansilla, y a un no creyente a su izquierda”. Era el flamante embajador en Montevideo, el socialista Alfredo Lorenzo Palacios.

Con su habitual empaque, el tribuno que había calificado a Perón de “fascista” aplaudió largamente la arenga de un auténtico fascista, además alineado férreamente con la política de Washington.

¿Asombra el voto del gobernador socialista de Santa Fe Miguel Lifschitz –con la bendición del obispo Hermes Binner, claro– para el arreglo con los fondos buitre?

Siempre según García del Solar, su jefe definió que “estaremos junto a las naciones occidentales, a cuya tradición y cultura nos encontramos irrevocablemente incorporados”, de donde asoma “una toma de distancia de la ‘tercera posición’ de Perón, una referencia embrionaria de lo que bastante más tarde los gobiernos militares llamarán ‘el mundo occidental y cristiano’”.

No sé qué más sigue. Imagino a Palacios abrazando a Amadeo cuando concluyó el discurso, como es de etiqueta. También veo en sepia, algo borroso, el brindis, esa noche, con sus aún amigos y conmilitones Américo Ghioldi y Alicia Moreau de Justo. O habrá compartido una cena frugal con el flamante embajador ante la URSS, el intransigentísimo radical Donato del Carril.

¿Asombra el voto del gobernador socialista de Santa Fe Miguel Lifschitz –con la bendición del obispo Hermes Binner, claro– para el arreglo con los fondos buitre?

Alfredo Palacios.

Alfredo Palacios.

Regresemos al 55. Siete semanas después, Aramburu tomó el poder, y contradiciendo el tibio “ni vencedores ni vencidos” de Lonardi, aplicó los fusilamientos de acuerdo con el apotegma de Ghioldi: “se acabó la leche de la clemencia”. Cabreado por el derrumbe del ultracatólico Lonardi, y por las atrocidades de su liberal sucesor, Palacios amenazó con renunciar. Pero bastó con que Aramburu lo citara a su despacho para que, en pocos minutos, jurara por los huesos de su abuelo seguir en su cargo. Duró un par de añitos más, de parranda por las callejuelas de Montevideo, y luego se convirtió en uno de los constituyentes que abolieron la Constitución de 1949, que se sustituyó por la ultraliberal de 1853, con la suave adenda que todos conocemos y nadie cumple.

Tampoco me ocupa este personaje menor, que empezó socialista y terminó avalando la caída de un gobierno constitucional, el bombardeo a Plaza de Mayo y las relaciones ultracarnales con el imperio. Solo me interesaron las vueltas que da la historia, y cómo se conectaron, por la tangente, el primer senador socialista de América con don Plinio Correa de Oliveira, el gran fascista de América.

* Periodista, político y escritor argentino.

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