El último adiós a las almas rebeldes

El recital del Indio y la excusa del desmadre para justificar la persecución del diferente. El fin de la poesía del desorden.


por María Saavedra

No es verdad que el gobierno del intendente Galli estuviera ausente durante el fin de semana en Olavarría. No es verdad que no tuvieran prevista la asistencia de tanta gente ni el desborde que podría producirse. No es verdad que el predio colapsó ni que la salida se convirtió en una trampa mortal porque no tomaron en cuenta que la calle era muy angosta para el paso de tantas personas al mismo tiempo. No es verdad que nos salvamos de milagro.
Todo fue calculado con frialdad y previsión. Al Indio le querían tirar un muerto. Y se lo tiraron. Es lo que buscaron desde el principio. Porque tienen un plan: acabar con las subjetividades rebeldes. Las que escapen a las normas. Las que cuestionen el sistema. Las que privilegian el encontrarse y estar juntos antes que medirse por los valores del mérito. Las que eleven la voz para pedir por la recuperación de los nietos, la baja de la edad de imputabilidad o los presos políticos de la Argentina.
El Indio no es Carlos Alberto Solari, el cantante de rock and roll. El Indio es el significante bajo el cual se aglutina un universo de valores y representaciones que a la derecha recalcitrante que nos gobierna le revuelve las tripas.
El Indio es cultura popular, es juntarse tras un ídolo, una historia compartida; es la reivindicación de prácticas horizontales y democráticas, por eso el pago de una entrada es lo de menos, por eso la misa se celebra con todxs adentro. Porque no hay prejuicio, no hay desconfianza. Todo es plena identificación con el otro, hermandad, vínculo, lazo inquebrantable. Es un momento comunitario de igualdad extrema. El festejo brutal del pogo reivindica un origen: estado repentino y festivo de naturaleza. ¿Cómo podría entender ese tipo de estallido la derecha que sólo sabe de represión, orden moral y meritocracia?
Los valores de lo comunitario deben ahogarse, ejercer castigos ejemplares, apagar las voces disonantes. Como sea, donde sea. Por eso las salidas cerradas, la ausencia de baños, el abandono de personas. Que explotara todo era parte del plan para salir con el dedito acusador a buscar responsables y demostrar, una vez más, que el desborde debe ser contenido por la fuerza, o por el poder punitivo de la ley.
Aunque la jugada significara arriesgar el propio pellejo. El intendente se prestó al juego y puso la cabeza en la guillotina, de ahí que, repentinamente, quisiera acabar con la maldición olavarriense de haber sido el único lugar del país que había prohibido a Los Redondos.
No se trató de un rapto de progresismo. Ni de la búsqueda de votos. Ni siquiera cholulismo barato. Había que traer al Indio a casa y tenderle la cama. Solari lo sabía, y nos advirtió. Y cantó porque suspender hubiera sido detonar la peor de las bombas. Y el intendente, la gobernadora y el ministro de Seguridad tuvieron suerte: consiguieron dos muertos. Hubieran querido más, como los medios, pero no había. Y no importa que hayan fallecido fuera del predio y por causas ajenas al recital. Los muertos son del Indio. Los muertos, otra vez, son nuestros.
Ha caído el líder del populismo cultural en la Argentina. El hombre que nos hizo conocer la belleza del desorden. La poesía del riesgo tiene sus límites: la muerte es uno. Y de allí no se vuelve. Todos los dispositivos penales y culturales conservadores están activos tras el objetivo: hacer trizas al símbolo de la contracultura.
Asistimos a un plan sistemático de destitución de la metáfora.
De eliminación del diferente.
De negación de lo evidente.
Asistimos al funeral de las almas rebeldes.

Fotografía: Alejandra Anoro

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