Vamos a nacer

Iván y Ezequiel, de La Poderosa, denunciaron torturas, y doscientas organizaciones los respaldaron. La organización popular crece y exige política. ¿Quién levanta el guante?

Por Daniela Iusem y Mara Sessa

El último jueves 6 de octubre se produjeron simultáneamente y por separado dos hechos políticos que, juntos, serían la fotografía de un gran frente de centroizquierda que no es.

Por un lado, sucedió el acto en el estadio de Atlanta. Por otro, se cristalizó el apoyo solidario a Iván Navarro y Ezequiel Villanueva Moya, por parte de más de doscientas organizaciones del campo popular, en un acto convocado por La Poderosa en el barrio porteño de Zavaleta, justo al lado de la garita donde ambos jóvenes fueron llevados días antes para ser torturados, humillados y amenazados por efectivos de la Prefectura.

La Poderosa –organización social de base, de origen e impronta villera, que hace política desde la vivencia de su propia realidad, repleta de limitaciones y obstáculos; desde sus propios cuerpos, cargados de un estigma moral que los margina, los expulsa, los criminaliza y los violenta diariamente– colabora cada día para que chicos como Iván y Ezequiel no tengan un único destino posible. Ese destino inamovible que los medios de comunicación ratifican cuando construyen el discurso que repetirá incansablemente un gran sector de las clases medias y acomodadas, con el que acusarán de enemigo al vulnerado y generarán empatía con los representantes del opresor.

La valentía de denuncia de Iván y Ezequiel posibilitó la baja de los prefectos; la organización popular y la militancia barrial de La Poderosa, la visibilización del caso.

Y es que cada día –sigilosa e incansablemente– organizaciones como esta buscan quebrantar la asimetría histórica y construir un poder popular diferente del que estamos acostumbrados: el que se disputa dentro de la dirigencia, persigue intereses individualistas y toma las decisiones en una mesa chica de negociación que no pocas veces deja afuera a quienes realmente necesitan de la política para transformar su vida.

Este mar de fondo que resiste, construye, atraviesa toda la historia argentina y no ha logrado ser aquietado ni a fuerza de dictaduras y sangre, ha crecido en los más de 30 años de democracia ininterrumpida y nos obliga a considerar que tal vez sea tiempo de otro modelo de política, de dirigencia y, sobre todo, de concebir el poder.

Ante el gobierno de Cambiemos –con su modelo de exclusión, miedo y represión– se erige hoy solo la disgregación. Una alternancia será posible solamente con la emergencia de una oposición sólida. Y que esta exista quizá dependa –no exclusiva, pero sí necesariamente– de que se abandonen mezquindades y estrellatos.

El tiempo apremia mientras el monstruo crece. Pero, en paralelo, la organización popular se consolida. Solo falta que algunos dirigentes entiendan que es hora de formar parte y no de liderar. Que, quizá, no es hora de volver, sino de nacer.

 

 

 

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