Un día en House of Cards

En un show a la norteamericana, la convención demócrata proclamó la candidatura de Hillary, quien podría ser la primera presidenta de Estados Unidos. La Hilacha estuvo allí.

Por Camila García desde Filadelfia

Entrar en una convención demócrata es presenciar un show de marketing político y técnicas de coaching con charlas disfrazadas de discusiones. Si estás fuera del sistema, estás fuera de la convención; y si estás fuera de la convención, no podés hacer política.

Mientras puertas adentro conviven empresarios lobbistas con diputados, senadores y delegados partidarios; afuera, algunos partidarios de Sanders se manifiestan con carteles contra Hillary Clinton y contra el ala más conservadora del Partido Demócrata, esa que forma parte del famoso establishment de Wall Street y financia las campañas políticas para negociar beneficios para sus corporaciones. Son jóvenes progresistas con las caras pintadas en representación de la decepción por la decisión orgánica de su líder de apoyar a Hillary. “Amo a Bernie Sanders pero soy una persona crítica que piensa y analiza todo, y creo que ella va a tener que ganarse mi confianza. No voy a votar por Donald Trump pero quiero ver que (Hillary) haga cosas positivas. Quiero verla hablando de propuestas sobre las cuestiones más urgentes que hay que resolver, ella debería ponerse dura con estos temas”, advierte uno de los primeros que abandonó el recinto luego de la decisión de Sanders, Gregory Schaffer, el delegado más joven de ese candidato y representante de Pensilvania, el estado sede de la convención.

En estas elecciones, Bernie Sanders se convirtió en el socialista más famoso de la historia estadounidense, con todo lo socialista que se puede ser en la cuna del capitalismo contemporáneo, y dentro de un Partido Demócrata con cierta crisis institucional.

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Con una plataforma que tenía como anclaje principal su disidencia con el fracking y las condiciones de los acuerdos de libre comercio enmarcados en los polémicos TPP, proponía un salario mínimo de 15 dólares la hora, la gratuidad de la educación universitaria, un seguro de salud universal y la ruptura con las instituciones financieras de Wall Street. Con estas propuestas –revolucionarias para Estados Unidos–, muy poco dinero de financiamiento y sin asesores de marketing, logró el voto de 12 millones de ciudadanos e hizo tambalear la candidatura de Hillary más de una vez.

Sanders es el político de antaño, ese que hace propuestas, que habla de política, que no tiene miedo de denunciar las atrocidades del sistema estadounidense. Pero su plataforma debió confrontar con el discurso emocional que humaniza a la misma Hillary, quien tomó algunas de las decisiones más duras de la administración de Obama: la que avaló diplomáticamente el golpe de Estado que derrocó a Manuel Zelaya en Honduras, o la intervención militar en la guerra de Libia que culminó con una extrema crisis institucional. Esa misma Hillary que, dicen, va a intensificar la relación histórica con Israel y Arabia Saudita para extremar la postura en Medio Oriente.

Del otro lado, el demonio

La historia de Estados Unidos se asienta en 227 años de democracia ininterrumpida, y en un sistema electoral que garantiza un bipartidismo que, por primera vez en dos siglos, parece presentar signos de resquebrajamiento.

En ese marco, la convención es rosca y show del bueno con artistas, globos, discursos anti-Trump, gente vitoreando a líderes políticos y, de vez en cuando, algún cantante famoso para alegrar las 72 horas de política espectacularizada que no deja lugar para propuestas ni debate.
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A estas alturas, las encuestas están más que parejas para ambos candidatos. Para ganar, Hillary deberá conquistar al ala más progresista del partido: los partidarios de Sanders, que prefieren votar al Partido Verde antes de regalarle electores a su candidatura. Además deberá dirigir gran parte de sus esfuerzos hacia aquellos estados tradicionalmente demócratas y hoy golpeados por el cierre de industrias y la crisis que desencadenó la recesión de 2008.

A estas alturas, las encuestas están más que parejas para ambos candidatos. Para ganar, Hillary deberá conquistar al ala más progresista del partido: los partidarios de Sanders, que prefieren votar al Partido Verde antes de regalarle electores a su candidatura.

En Estados Unidos, el voto no es obligatorio. Históricamente, nunca ha votado más del 60% de los ciudadanos. Por eso, la importancia de la convención radica en brindar aliento a los delegados y demostrar la homogeneidad de un partido que parece fracturado, luego de los escándalos por la filtraciones de correos electrónicos que dejaron entrever el favoritismo de la presidencia partidaria por Hillary, días antes de comenzar la convención.

Hacia el interior, a los delegados demócratas no los une el amor sino el espanto que conllevaría una presidencia de Trump. “Lo primero es salir a buscar los votos. Hay que estar en las calles para obtenerlos, hablar con la gente, explicarles por qué es importante ir a votar y lo que implicaría un posible triunfo de Trump. Con Trump como presidente, tenemos que imaginar un Estados Unidos basado en divisiones por cuestiones culturales y desigualdades sociales”, advierte Claudette Williams, presidenta del Partido Demócrata del condado de Monroe, Pensilvania.

A las 11 de la noche, en Wells Fargo, se cerró otra jornada de la convención. Tras las intervenciones de Michelle Obama y de Sanders, fue el turno de Bill, el marido de la candidata. Al día siguiente hizo lo suyo Barack Obama, que apoyó la candidatura de la posible primera presidenta de los Estados Unidos, algo poco común en un país en el que los mandatarios salientes no suelen hacer campaña por los candidatos reemplazantes. También manifestaron su respaldo Meryl Streep y la voz del soul, Alicia Keys, quien se pronunció cantando.

Del lado republicano, por primera vez ha triunfado un candidato que –hasta hace poco–, cada vez que exacerbaba su discurso xenófobo contra las minorías étnicas y migratorias, subía en las encuestas. Para los republicanos, que un millonario inexperimentado con un discurso extremista y neofascista los represente, causa el suficiente resquemor como para dividir el partido en torno a su candidatura.

“Esta cuestión anticipa un cambio fundamental reflejado en el hecho de que los candidatos anti-establishment –Sanders y Trump– lograron juntos reunir casi 33 millones de votos”, advirtió Robert Merry, periodista y editor de The Washington Times, en su columna de opinión del pasado 1 de agosto. Según su visión, el consenso político que ganó la Guerra Fría está mostrando signos de llegar al final, lo que queda demostrado con el numeroso electorado que eligió a la extrema derecha, o a la extrema izquierda. En este contexto, un nuevo consenso deberá erigirse aun con el triunfo de la candidata del establishment: Hillary Clinton.
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1 comment

  1. Susana 26 septiembre, 2016 at 15:51 Responder

    Excelente nota, que nos describe la situación electoral en un pais, donde el voto no es obligatorio y en el cual el ganador conduce, de alguna manera, los destinos del mundo. Irónico no

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