Macrismo explícito.

La fantinización de la escuela

El sentido común pregona el respeto a la diversidad, mientras, sin rubor, unifica el discurso. Pero cuando se trata de educación, conviene discutir.

Por Martín Caldo* - Especial para La Hilacha

Hay que hablar como el hombre –nunca como la mujer, a lo sumo como “doña Rosa”– de la calle. Hablar simple, como la voz de la gente “de a pie”, como piensan todos –y no todas–. Hay que usar las palabras que circulan por los medios y se escuchan en las vidas cotidianas. Ese hablar “sincero” y simple empieza a ser una marca de esta época que ha cambiado, como una especie de “fantinización” de la vida social: “Decímelo fácil, así lo entiendo”.

Esto no intenta ser un menosprecio del sentido común. Muy por el contrario, la propuesta es revalorizar los matices que tienen esas voces hoy condensadas en un pensamiento único. Pongamos en cuestión la idea de que las cosas tienen una sola lectura, fácil y llana. ¿O las discusiones políticas o sociales en la calle, en el taxi, en las familias, empezaron –como todos los males– con el kirchnerismo?

Los diálogos con posiciones diferentes existen porque existen diferentes maneras de pensar. A la sociedad, a los sujetos, a las lógicas con las que nos organizamos, a los ideales de justicia. Mientras hacemos un culto del derecho a pensar diferente y de la necesidad de respetar la diversidad, creemos que hay una única respuesta, simple y llana, para todo.

La diversidad y la complejidad no son inventos de teóricos trasnochados que “la complican”. Existen, están presentes en la famosa “vida real” y, también, en el ámbito educativo. Si uno pregunta qué es educar bien, tanto en una escuela como fuera de ella, seguramente obtendrá una amplia paleta de respuestas. Para algunxs, tendrá que ver con formar sujetos críticos, y para otrxs, con insertarlos en la sociedad, por citar dos extremos que tienen sentidos bien diferentes, aunque a veces no se vean las contradicciones. Una buena educación será algo diferente para quien ponga el peso en uno u otro extremo de esta tensión, aun suponiendo que puedan integrarse.

Si bien la tensión entre lo simple y lo complejo de lo educativo viene desde hace tiempo, los nuevos aires que soplan en políticas educativas se han parado en la simplificación. Esas políticas –además del ajuste disfrazado de federalización, el despido de “los ñoquis” y la colaboración sistema estatal-sistema privado– parecen beber de las fuentes teóricas de la simpleza. Para ellas, los problemas del sistema educativo son simples: los alumnos no aprenden, los docentes no se capacitan y hacen huelga, los padres les pegan a los maestros y los políticos anteriores –negando la propia responsabilidad– no hicieron nada. Entonces, las soluciones son igual de simples: evaluaciones con enfoques fonológicos de la enseñanza, endurecimiento de las penas para los padres golpeadores, descuentos a los docentes que paren e imperativos para que se capaciten. La tarea de los políticos –que ahora, al fin, escuchan a “la gente”– es solo esa.

Los funcionarios de Educación, que no provienen de ámbitos escolares, quizás ignoran algunas cuestiones importantes. En primer lugar, que el sistema educativo argentino dista bastante de ser uno solo. Las instituciones están a cargo de las provincias, las cuales deciden lo que debería enseñarse, forman a los docentes, supervisan las escuelas, mantienen las instituciones. Desde los 70, la Argentina atravesó diversas crisis que ampliaron la brecha social, y en los 90 la Ley Federal de Educación produjo un tsunami en los sistemas educativos. Como consecuencia, las diferencias entre las escuelas de las distintas provincias se han multiplicado y ya no se puede hablar de un sistema único.

En segundo lugar, el sistema incluye una enorme diversidad de escuelas hacia el interior de cada provincia: primarias de jornada simple y completa, escuelas de educación especial que trabajan con niños en escuelas primarias y en la misma institución, escuelas rurales y de islas –hace poco eran mil solo en la provincia de Buenos Aires–, Centros Educativos Complementarios, escuelas secundarias técnicas, secundarias de la nueva secundaria, escuelas de reingreso, Centros de Escolarización de Adolescentes y Jóvenes (CESAJ), Programas de Inclusión y Terminalidad (PIT)… Y no son meros cambios de nombres, son formatos diferentes.

Ahora bien: tenemos varios sistemas educativos y diversidad de escuelas, pero en las palabras de quienes regulan y diseñan políticas educativas solo se contempla un sistema, una escuela. Y respuestas únicas y simples para todas sus problemáticas. ¿No será hora de asumir que las cuestiones sociales requieren de un tiempo de pensamiento y elaboración de respuestas múltiples que los discursos televisivos no pueden abarcar? ¿No habrá que empezar a pensar que los problemas complejos, conflictivos, requieren de discusión y debate, de soluciones complejas que Fantino no nos puede explicar?

* Maestro, licenciado en Educación, investigador y profesor universitario.

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