Mujeres objeto

Violame, Pappito

Cordera declara salvajadas, los medios se hacen los indignados y reaparece un video de Pappo hablando de la violación como un "tira y afloje de ambas partes".

Por Gladys Stagno y Mara Sessa

Las violaciones no son una cura a la histeria. No son una forma ruda del sexo consentido. Ni un “tira y afloje de ambas partes”. No son, tampoco, el motivo de charla chistosa que la equipara a una picardía o a una forma de seducción. Y menos son un derecho adquirido por cierto tipo de hombres todopoderosos: los patrones, los ricos, los ídolos, los rockstars… Son una humillación que sufren las mujeres por el solo hecho de serlo. La demostración más violenta de poder por parte de los hombres, legitimada y naturalizada por la sociedad patriarcal. La conversión de un ser humano en cosa inanimada, pasible de usurpar.

Tras las declaraciones de Gustavo “El Pelado” Cordera, su retractación y sus explicaciones algo inverosímiles sobre el carácter ficcional de su exposición, la prensa actuó con el manual del deber ser, se ensañó con el músico y personificó en él un problema que no le es ajeno a los medios, ni a la sociedad ni a sus discursos.

A caballo de esas declaraciones, las redes sociales reflotaron el video de una entrevista a Pappo que ya tiene sus años –más de veinte– y donde la periodista no es del todo inocente en la banalización del mal. Lo perdona en vivo por su intento de ultraje de antaño. No lo va “a meter preso” porque le propuso violarla “dulcemente”, mientras él confiesa siempre tener "ganas de violar gente tan linda" como ella, en un juego erótico y retórico que dejó de ser un juego porque sucedió en televisión, y que recuerda a la respuesta de muchas mujeres que reproducen, sin cuestionarlo, su rol de objeto.

En todo este entuerto, unx siente que algo –más allá de los tonos, de las finalidades, de las excusas y hasta de las propias palabras– está mal. Que el problema no es Pappo, ni es Cordera, ni es Cristian Aldana, y que tampoco es el rock, que tantas alegrías nos trajo. El problema es el mensaje, con la complicidad de los opinadores de turno, que bajan la línea terrible que supone que violar es menos que violar y que las víctimas no son victimizadas. Que discuten, como si no lo hicieran, si algunos hombres no deberían gozar de la impunidad que les da el talento, o el dinero, o el poder. Que se rasgan las vestiduras mientras siguen llamando “crimen pasional” al femicidio.

Quien espere que Pappo o Cordera o Aldana sean un modelo a seguir, se equivoca. Ellos son, mal que nos pese, solo un espejo. Son el reflejo de muchos y muchas que, sin cámaras y entre amigos, creen firmemente que las histéricas –y las lesbianas y lxs trans y cualquier otro cuerpo que no responde a ese deber ser heteronormativo– necesitan ser sanadas por la fuerza; que “cogerse pendejas” es menos perverso si lo hace un músico famoso; que una violación, en el fondo, es un acto consensuado.

El cuco de la violencia contra las mujeres duerme bajo nuestras camas. Es hora de dejar de putear a Cordera, mirarnos las caras y, quizás, convertir este escándalo en una oportunidad para hacer algo más que solo indignarnos de a ratos.

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